La soledad del viajero

Esta vez fue él quien abrió la puerta de la habitación para dejar entrar a la mujer justo cuando el primer rayo de sol se dividía en mil pedazos tras atravesar la ventana y lamer la daga que descansaba junto a la mesa.

– ¡Buenos días!
– Vaya… ¡buenos días!
El sargento llevaba un papel doblado en la mano, atado con un hilo a una preciosa rosa.
– Hoy vuelvo a casa, pero no podía abandonar este lugar sin agradecerle de corazón todo lo que ha hecho por mí.
La mujer tardó unos segundos en reaccionar. Se quedó paralizada, incapaz de hacer ningún gesto o de emitir sonido alguno. La reacción llegó acompañada de un súbito enrojecimiento de toda la cara
– Gracias… la verdad es que no sé qué decir.
– No hace falta que diga nada, era un pequeño detalle que quería tener con usted. – Tomó la bandeja del desayuno y la posó sobre la vieja mesa. – Siento no poder acompañarla hoy, pero quería desayunar lo más rápidamente posible e irme a casa. Supongo que lo comprenderá.
– ¡Por supuesto! Me alegro de que ya se haya recuperado. Le echaremos de menos por aquí, pero no diré que espero que vuelva. – Una sonrisa de complicidad se dibujó en el rostro de la enfermera, que  poco a poco iba volviendo a la normalidad.
La habitación se iluminaba lentamente, y el hombre ya se encontraba solo. Devoró el monótono desayuno tan rápido como le permitió la cuchara y se encaminó como un rayo hacia la cabaña del oficial responsable.
– Buen viaje a casa, Vardamir. – Recuerde que tiene dos meses de permiso hasta que le volvamos a llamar.
Eligió un caballo de la caballeriza, pidió que lo ensillaran y fue al almacén a por suministros; el viaje duraría un par de días. Aunque conocía una posada a mitad de camino, prefirió avituallarse bien.
Recogió al caballo y partió a casa… de nuevo a casa.
Volvería a abrazar a sus hijos. Pero también a ella, a la mujer que tanto amaba, a la que siempre veía reflejada en la luna. Hasta en las más oscuras noches ella siempre tenía un lugar iluminado en el firmamento de su corazón. Volvería a tocarla, a mirarla como el primer día, a besarla y acariciarla. Volverían a pasear juntos de noche, como siempre habían hecho. Solo serían dos meses, pero eso no importaba ahora. Su cabeza solo tenía un pensamiento.
Atrás quedó el sufrimiento, el miedo y la espera insoportable en aquella cama, las muletas, los desayunos repetidos hasta la saciedad. Atrás quedaban también las escenas en las que había mirado a la muerte a la cara, el dolor en la pierna y la soledad.
Mientras se alejaba, una silueta le observaba desde la ventana de la habitación, triste y contenta a la vez.  La rosa descansaba boca abajo junto a la cama.
Ni siquiera estuvo tentado de mirar atrás, y el terreno que había por delante tampoco importaba mucho, sabía qué dirección tenía que seguir y que solo era cuestión de tiempo.
El día transcurrió largo y aburrido, haciendo las paradas necesarias para que el caballo descansase. Él no se sentía cansado, de hecho no le habría importado cabalgar toda la noche. Lejos de reposar junto al animal, se internaba en la espesura en busca de frutos silvestres que recogía y compartía con la bestia. También daba paseos o practicaba con el arco. No podía estar quieto, los nervios cada vez eran más intensos.
La claridad ya agonizaba cuando llegó a la posada. Dejó al caballo descansando y se acostó tras tomar una jarra de cerveza. Apenas durmió esa noche, esperando que pasara lo más rápidamente posible para seguir el camino.
Despertó a su compañero de viaje antes que el amanecer y se pusieron de nuevo en camino.
Volvía a casa una vez más… pero esta vez no era el único. Dos personas más se dirigían al mismo lugar…

El pequeño cazador

A medida que el carromato se perdía de vista por el casi imperceptible camino, en la aldea se hacía cada vez más latente una sensación de impotencia, desesperación e incertidumbre. Todos los habitantes volvían a sus casas con las miradas tan vacías como las mentes. Nadie quedó fuera de su hogar, y cada uno afrontaba la situación como podía, aunque sin saber muy bien qué hacer.
En una de las construcciones, un niño permanecía de pie junto a la ventana. La expresión era absurda, casi cómica; observaba el lugar donde minutos antes la niña había sido atacada sin hacer ningún gesto más. Su boca se abría y cerraba de manera incontrolable y las pupilas describían minúsculos círculos. Su madre le observaba sin poder hacer nada, de rodillas,  mientras sus preciosos ojos se llenaban de destellos por doquier.
El sol todavía iluminaba con fuerza el paisaje. Aunque la tarde ya estaba entrada, aún proporcionaba una agradable sensación de calor. El pequeño Vardamir se dio por fin la vuelta, besó a su madre y se quedó abrazado a ella llorando hasta que le abandonaron las fuerzas y se sumió en un profundo sueño. Su madre le llevó en brazos hasta la cama y le arropó, para pasar a ser ella quien ocupara el puesto junto a la ventana.
Observaba inmóvil el lugar del ataque, deseando con todas sus fuerzas que la niña se recuperase, aunque algo le decía que todo aquello traería graves consecuencias. Fuera todo parecía haber perdido color, el silencio era insoportable.

Mahtan observaba la escena desde la distancia, junto a su compañera de travesuras. Nadie parecía haber reparado en los pequeños, que habían estado jugando en los alrededores de la aldea en el momento del ataque. Los niños de su edad podían alejarse en sus juegos unos metros de la aldea, mientras que los pequeños, como su hermano debían permanecer dentro de la empalizada.

Mahtan sabía que no debía retrasarse, pero la idea de seguir al carro sin que nadie le viera le atraía demasiado.

– Debemos volver, Mahtan; seguro que nos están buscando.

– Nunca he ido por ese camino… ¿a dónde llevará? ¿Por qué va tanta gente?

– Mahtan… – La niña se encontraba visiblemente asustada.

– ¡Vamos a seguirlos!

– ¡Debemos volver! – Las lágrimas se escapaban de los dominios de sus hermosos ojos verdes.

– Pero… – Mahtan no podía mirar a la niña, su mente estaba puesta en el carromato que ya se encontraba a una distancia considerable. – Te acompañaré a la aldea y volveré.

Los niños llegaron en pocos minutos a la aldea, se despidieron y Mahtan echó a correr en la dirección contraria, volviendo al punto donde vieron el carro por última vez.

No parecía difícil seguir las huellas, así que se llenó de valor y siguió corriendo durante un rato mientras la fuerza del sol iba perdiendo intensidad.

El carro se movía despacio, pues el camino era muy irregular y la niña no debía estar sometida a demasiado movimiento. La curandera cubría sus heridas con trapos untados en ungüentos curativos, mientras el Viejo la observaba con un gesto ensombrecido.

Ya no había rastro del sol cuando divisaron la cabaña como un pequeño punto sobre una colina, hacia el norte. La respiración de la niña era débil pero estable, y el semblante del Viejo se relajó ligeramente. El niño les seguía a unos cuatrocientos metros de distancia. Exhausto tras la caminata, tenía que hacer acopio de todas sus fuerzas para llegar al menos al carruaje, pues ya no tenía posibilidad de volver a casa.

La comitiva se situó frente a la cabaña que parecía vacía, como abandonada, y el Viejo llamaba a voces a alguien que no respondía… o no estaba en casa. Se bajó del carromato dispuesto a llamar a la puerta. Una noche sin luna llenaba el lugar de calma.
Mahtan a penas podía distinguir ya nada en la oscuridad, y se desplazaba muy despacio intentando averiguar la dirección de las huellas, estaba increíblemente cansado y empezaba a desesperarse.

Una mano tapó su boca y otra le inmovilizó…

Obstáculos

Desesperado, intentó luchar por salir de aquellas arenas movedizas. Las armas pesaban tanto que apenas podía moverlas, haciendo un gran esfuerzo con el hombro herido, que sangraba a borbotones.

El humo negro del último enemigo se revolvía sobre su cabeza, oscureciendo aún más la escena. Finalmente y sin resuello se resignó a esperar el final, mientras las armas le empujaban más y más hacia abajo. La temperatura helada de la tierra le congelaba hasta los huesos, apenas sentía ya las articulaciones cuando tomó la última bocanada de aire antes de sumergirse casi de lleno en el fango.
Su pelo se cubrió finalmente de lodo cuando en su cabeza solo contemplaba el pensamiento de que había sido derrotado, ni si quiera se planteó la idea de por qué no había tomado el otro camino, más fácil. Sabía que ese era el camino difícil, y, aún así lo había tomado sin saber exactamente por qué…
Justo antes de desfallecer, notó cómo poco a poco iba recuperando la sensibilidad en todo el cuerpo, cómo el frío desaparecía de sus huesos y cómo la presión en el pecho por la falta de oxígeno se aliviaba al sacar de nuevo la cabeza y tomar una intensa bocanada de vida. La tierra que poco a poco le había ido empujando hacia abajo, comenzaba a elevarle dulcemente, a la vez que las armas se hacían livianas en sus manos. 
Mientras se recuperaba se dio cuenta de que el sol volvía a brillar, la tierra ya no era fangosa; el frío, que antes había paralizado todas sus articulaciones, se había transformado en una agradable temperatura y una sensación de bienestar. Se encontraba envuelto en una esfera etérea, casi transparente, aunque de una tonalidad verdosa en cuyo centro había una figura de apariencia humana. El cuerpo era claramente de mujer, y una larga capucha cubría sus facciones hasta la boca. Por la cara se deslizaban preciosos mechones negros que describían bucles imposibles reflejando el brillo del sol, que solo brillaba dentro de la esfera.
Tardó unos instantes en apartar su mirada de la figura, que vestía una túnica blanca inmaculada con ribetes color esmeralda. Se dio cuenta de que dentro de la esfera todo era idílico, agradable, incluso él mismo no habría podido imaginar una sensación mayor de bienestar. Sin embargo, fuera nada había cambiado, todo estaba cubierto por una tenue oscuridad, el suelo seguía yermo y lleno de rocas. Los árboles, grises, parecían pedir a gritos ser bañados por la luz del sol.
Sacó la mano del escudo fuera de la esfera y tuvo que meterla de nuevo de inmediato, ya que se volvía tan pesado que a punto estuvo de dislocarle el hombro… El hombro. Se llevó la mano al hombro herido para comprobar que ya no quedaba nada de la lesión, tan solo un agujero en la ropa. 
Miró a la mujer, pero, antes de que pudiera articular palabra, ésta se llevó un dedo a los labios indicándole que guardara silencio… Tras unos instantes, dijo:
– Todo esto es lo que tú has creado, todo está en tu mente.
– ¿En mi mente?
– Sí, al igual que todas las respuestas a las preguntas que ahora mismo te estás haciendo.
– ¿Por qué tomé este camino en lugar del otro?
La imagen de la mujer se iba tornando borrosa poco a poco.
– Tú mismo sabes por qué… quizás te ayude preguntarte mejor qué quieres encontrar. Los caminos se toman para encontrar algo al final.
– No sé qué quiero encontrar.
– ¿Estás seguro? – La voz se hacía más y más tenue a medida que la figura desaparecía poco a poco.
– ¡Espera! ¡No te vayas! – La silueta era ya casi imperceptible… Mahtan intentó coger su mano, pero ésta se convirtió en humo verde, que iba consumiendo el resto del cuerpo. – ¡A ti! ¡Te busco a ti! ¡Busco esta sensación de bienestar! – La boca de la mujer esbozó una pequeña sonrisa antes de ser consumida por el humo.
Volvía al punto inicial, antes de ser tragado por la tierra… Sin más opción, siguió caminando. La historia siempre se repetía: empezaba a caminar, cada vez todo se hacía más lento y pesado; el camino se tornaba más y más difícil. Siempre estaba a punto de morir por las heridas de una de las criaturas a las que se enfrentaba, o de nuevo tragado por el fango, o, incluso, en trampas naturales que le partían las piernas… Pero siempre, en el último instante, la mujer volvía junto con su esfera de tranquilidad y le salvaba de la muerte. Le repetía que todo estaba en su mente, y todo volvía a empezar.
Antes de retomar el camino una de tantas veces, se dio cuenta de verdad de que todo ese sufrimiento estaba en su mente; hizo acopio de fuerza de voluntad para intentar superarlo. Comprendió que eran sensaciones de su vida que no había terminado de asimilar, aunque manifestados en ese extraño universo. Entendió la frustración que le causaba el no poder manejar las armas; también el hecho de que no podía deshacerse de los problemas simplemente soltándolos, ya que volverían a él como hacía la pesada espada. Aquello con lo que se enfrentaba a sus enemigos le hacía torpe y lento, y le encaminaba una y otra vez al sufrimiento.
A medida que aclaraba sus pensamientos, la escena dejaba de repetirse. El camino ya nunca más se hizo pesado, la espada volvía a ser liviana y manejable y el escudo, fiable. La silueta dejó de aparecer, pues ya no la necesitaba para salvar la situación.
Por fin llegó al final del recorrido. 
Se encontraba en el borde de un acantilado. El cielo era de un color azul intenso, con blancas nubes que parecían dibujar figuras en el aire. El suelo estaba cubierto de hierba y flores preciosas y la fresca brisa marina secaba su sudor y le proporcionaba una agradable sensación.
Sobre una piedra se encontraba la figura, esta vez totalmente corpórea:
– Aquí estás, has superado las dificultades que tú mismo te ponías sin saberlo. Así debe ser. Cada vez que te obsesionas por encontrarla pones un obstáculo en el camino. Ese camino es sencillo si tienes paciencia, solo tú te pones las trabas Mahtan. Recuerda, todo llega a su debido tiempo. No lo olvides.
Se levantó poco a poco la capucha para desvelar lo que Mahtan ya sabía: esos ojos eran inconfundibles.

Un profundo sueño

Observó al orgulloso soldado, que la miraba con ojos vacíos, como contemplando un yermo paisaje a cientos de kilómetros de allí. La joven recogió su puñal, que había salido despedido cuando el hombre le golpeó en la ceja, el dolor era insoportable. Sufrió un pequeño mareo al agacharse y la sangre de su ceja partida comenzó a caer al suelo; tambaleándose, pisó la mano herida de agonizante soldado.

– ¡Hazlo de una vez, zorra! 
Esmeralda se debatía entre acabar con su miserable existencia o dejarle sufrir hasta que se desangrase… Miró a la mujer. La humilde campesina tenía la cara desfigurada por el terror, estaba agazapada en una esquina, sollozando constantemente y temblando de manera preocupante. Un mar de sentimientos enfrentados se agitaba en su mente, después de todo, los problemas habían llegado al recoger a esa muchacha en las inmediaciones de la cabaña.
La otrora princesa sentía cómo su mente quedaba poco a poco envuelta en una bruma que entorpecía sus pensamientos; y toda su atención se centraba ahora en pensar cómo detener la hemorragia de su rostro. Lo último que recordó fue ver al campesino entrando en la casa, con el rostro marcado por la ira y portando una espada. Esmeralda se desmayó justo cuando el corazón del agonizante soldado se detenía al ser traspasado por el frío acero.
Se transportó a un etéreo mundo donde volvía a ser una niña en la aldea. El sueño era extraño, con gente cuyos rostros no recordaba o no sabía identificar; de repente volvía a aparecer en algunas escenas de su vida adolescente, para acabar en aquel castillo del que se fugó hacía ya varios días. El sueño se repetía constantemente, solo interrumpido por vagos recuerdos de que alguien la despertara para darle algo de comer. Tras la escasa ingesta, volvía a caer de nuevo en el lecho, sumiéndose en la profundidad.
El sol se abría paso en un cielo cubierto de densas nubes grises, luchando palmo a palmo para imponer su claridad en el bosque. El agujero de la ventana había sido reparado de forma demasiado casera, unas precarias telas hacían la función del destrozado cristal. Pudo ver a través de ella la oscura forma de tres tumbas en la lejanía.
Junto a ella, apoyado en la pared, pudo ver también su arco, el carcaj de flechas y lo que aún era utilizable de su vieja ropa. Oyó también el sonido rítmico de los aperos de labranza en el exterior y se dispuso a levantarse. Sentía un hambre monstruosa y vio que tenía preparados unos panecillos con carne seca y una taza con hierbas para hacerse un té. Se levantó, cogió un panecillo y sacó agua hirviendo del caldero sobre el fuego.
El pan estaba bastante duro, lo que hacía pensar que había sido cocinado hacía varios días… La carne, sin embargo, tenía un sabor excelente.
La puerta de la despensa se abrió dejando ver a la campesina con un gran trozo de venado curado y varias verduras. Rápidamente de acercó a ayudarla, lo que provocó una reacción de tensión en la mujer.
– Lo siento… solo quería intentar ayudar… les estoy muy agradecida.
– No tiene importancia, pero nos gustaría que te fueras cuanto antes…
– Siento muchísimo los problemas causados, me iré en cuando pueda… pero déjeme ayudar, es muy importante para mí.
La mujer cedió y permitió que Esmeralda llevara algunas cosas a la mesa. Acto seguido comenzó a preparar su petate.
– ¿No te quedas a comer?
La joven se giró y sonrió, emitiendo un precioso destello verde en sus ojos.

El camino difícil

Se encontraba en medio de un cruce de caminos, el sol ardía en el cielo, iluminando todo el paisaje. La zona quedaba envuelta entre altas montañas escarpadas, con algunos pequeños árboles ubicados sin ningún tipo de orden. Su mano derecha sujetaba firmemente una espada larga, de un material que no supo distinguir, aunque sí que notó que era muy ligero. La hoja escupía el reflejo del sol, que a su vez rebotaba contra el metal del escudo que sujetaba con su mano izquierda. Éste era de madera maciza, recubierta con una protección de acero.

Una sombra en el suelo le alertó, con el tiempo justo para girar y golpear con el escudo a un ser que atacaba desde el aire. El golpe aturdió por unos instantes a la criatura, lo que dio tiempo a Mahtan para recuperarse y adoptar una posición ofensiva.

El atacante volvía a incorporarse, tenía las alas grandes, cubiertas de plumas negras y tres garras en la punta, haciendo eje con el torso. Las patas posteriores tenían cierta similitud con las de un lagarto, pero eran más fibrosas y con uñas afiladas. La cabeza era totalmente calva, y la mandíbula albergaba un hocico cubierto de dientes afilados como cuchillas.

La bestia cargó y Mahtan esquivó el golpe con un ágil movimiento lateral, pero la espada, en un gesto involuntario, guió el brazo del Lobo hasta la cabeza del ser, golpeándola con la empuñadura y tirándola al suelo. El escudo se movió también solo, aplastando el cuello del animal contra el suelo, destrozando los huesos y dejándolo moribundo. El soldado acabó con la agonía. La espada tenía un tenue resplandor verde.

Al recuperar la espada, no había ni rastro de sangre y los restos de la criatura comenzaron a arder, convirtiéndose rápidamente en un intenso humo negro. Finalmente se consumieron.

Mahtan miró al frente, los dos caminos guardaban muchas diferencias entre sí: Uno era muy llano, una leve bajada con un suelo de tierra, plano y sin vegetación. Carecía casi por completo de rocas y obstáculos, y a lo lejos podía distinguirse el brillo de una fuente natural. Había algo que lo hacía extremadamente hipnótico, casi ilusorio.

Formando ángulo con éste se presentaba la otra posibilidad. Un camino tortuoso, lleno de subidas y bajadas, de un terreno plagado de piedras, y maleza. Intentar adivinar qué había más allá se antojaba muy complicado, pues la maleza, los árboles desnudos y las rocas hacían difícil seguir la senda con la mirada. Si Mahtan se decidía por ese camino, sabía que iba a tener que pelear.

Volvió la vista hacia la primera opción. Parecía realmente cómodo. Giró de nuevo, por el cielo volaban criaturas como la que acababa de ver… Dio un paso hacia el camino fácil… pero justo antes de apartar su mirada, algo le hizo vacilar; un destello verde como el de la espada se distinguía al fondo.

Se decidió definitivamente por el camino difícil.

Llevaba muy poco caminado cuando notó cómo decenas de guijarros se le clavaban a cada paso; el terreno estaba fangoso, y el barro se adhería a sus botas, haciéndolas pesadas y dificultando el paso.

Varios enemigos voladores intentaron derribarle, pero la espada volvía a lucir y a dirigir su brazo, causando impactos certeros y fatales para los enemigos. Así siguió durante largo rato. Casi exhausto se decidió a parar unos segundos. Miró hacia atrás y vio con gran decepción lo poco que había avanzado. Notó que la oscuridad se cernía poco a poco sobre él, y miró hacia el cénit intentando encontrar la esfera solar. Allí la encontró, aunque lejos de su habitual resplandor, solo proyectaba una tenue luz, que iba siendo absorbida poco a poco por las sombras.

Sus pies se hundían más y más a cada paso, y cada vez que desencajar uno del barro para seguir avanzando  resultaba un esfuerzo aterrador. Finalmente quedó hundido hasta las rodillas. Mientras recuperaba el resuello otra criatura le atacó, y, sin la posibilidad de encararse, ésta le hirió en un hombro, haciéndole soltar el escudo, que mágicamente volvió a su mano izquierda. Las armas eran cada vez más pesadas y ya no bailaban solas hacia el enemigo, que se preparaba para atacar una vez más.

En el último instante consiguió cubrir su cuerpo con el escudo para detener la embestida. Sus últimas energías se invirtieron en lanzar una última estocada contra el atacante, que estalló con la cabeza partida en dos.

Mahtan no podía sujetar las armas más tiempo, se habían vuelto extremadamente pesadas, y cada vez se hundía más en el fango… Intentó soltarlas, pero estas volvieron a su mano.

Sin fuerzas, se resignó a esperar al final… el escudo arrastraba su brazo izquierdo hacia el fondo, secundado por la espada….

Una alegre mañana

El primer rayo de sol que presentaba al amanecer acarició sus ojos. Antes de abrirlos volvió a percibir, una vez más, el característico y aborrecido olor del desayuno. Como cada día, la misma enfermera entraba justo con la primera luz del alba, daba cuatro ruidosos pasos y dejaba el mismo cuenco en la misma mesa, acompañado, como siempre, de un vaso lleno de agua.

– ¡Buenos días, sargento! ¿Cómo se encuentra hoy? – Una y otra vez volvía a escuchar las mismas palabras al despertarse.
– Supongo que mejor que ayer y peor que mañana… Buenos días. – Por enésima vez esas volvían a ser las primeras palabras que pronunciaba cada día. – Y gracias por el desayuno, siempre tan puntual… 
– Es mi trabajo, señor Vardamir. ¿Quiere acompañarme en mi ronda matutina? – El sol comenzaba a abrirse camino, empujando la oscuridad de la noche y bañando de luz la habitación, donde todavía se desperezaban las sombras de los objetos que había sobre la mesa, como todos y cada uno de los días desde no recordaba cuándo.
– ¡Está bien! ¡Vamos a dar una vuelta!
-D… de acuerdo, ¿le ayudo a levantarse? – La novedosa respuesta dejó paralizada por un segundo a la mujer, cuya voz tembló al transmitir su respuesta.
Antes de que acabara de formular el ofrecimiento tenía al hombre a su lado; un ágil movimiento le había permitido salir de la cama y colocarse junto a la enfermera. Ni rastro del dolor en la pierna.
-Vaya, parece que la recuperación va por buen camino. Me alegro mucho, sargento. 
– Me he dado cuenta de que no podía hacer nada más que esperar, así que decidí tomarme las cosas con calma y hacer todo lo posible por estar sano y fuerte cuando la herida cicatrizara… Espero poder salir de aquí cuanto antes…
-Desde luego; si puede moverse de esa forma sin dolor no le debe quedar nada de tiempo… – La mujer hizo una pausa y tocó el brazo del sargento.- Señor… si va a venir, tiene que ser ya, he de llevar el desayuno al resto de los soldados.
– ¡Vamos! – El padre de Mahtan comenzó la marcha con paso firme, ofreciéndose incluso a portar el carro con los desayunos que quedaban por repartir. Las desgastadas muletas, fieles compañeras suyas durante su estancia, observaban la escena olvidadas en una esquina.
El resto de la mañana transcurrió plácidamente. Los enfermos se alegraron al ver cómo había mejorado, y él les administraba dosis de buen humor y entusiasmo, animándoles y deseándoles una pronta recuperación. Incluso consiguió hacer sonreír por primera vez en mucho tiempo a un pobre mutilado: un arquero de reconocimiento que había sufrido un terrible accidente mientras hacía una ronda de exploración. Su caballo trastabilló en una roca suelta y se partió ambas patas, haciéndole caer y aplastándole las piernas con la mala fortuna de que el carcaj de flechas envenenadas había quedado en medio. Una vez infectado, solo la amputación en las siguientes horas había salvado su vida… aunque también la había ensombrecido largamente.
– Creo que estoy listo para volver.- El paseo había sido muy agradable, pero su estómago rugía pidiendo las ya no tan desagradables gachas.
– Haré lo posible para que sea cuanto antes. Gracias por acompañarme. – Un leve destello carmesí apareció en las mejillas de la enfermera.
– Gracias. Volveré a mi cuarto, el desayuno me espera. – Dedicó una tímida sonrisa a la mujer que le había cuidado durante todos esos días.
Volvió sobre sus pasos, contento de haber salido del agujero, contento de saber que pronto las sombras de la soledad desaparecerían y volvería a encontrarse con la dueña de sus sueños.
Instintivamente comenzaba a imaginarse sobre un caballo de vuelta a casa…

Una Esmeralda afilada

Ya podía verse la Luna en el cielo, a pesar de que el Sol quería regalar a los combatientes dos horas más de claridad. La cabaña se encontraba totalmente rodeada por el bosque, con lo que había sido muy complicada de encontrar por los soldados.

Uno de los guerreros yacía desangrándose en el suelo. El gorgoteo producido en su cuello era aterrador, y solo superado por la angustia que le causaba. No podía respirar, así que buscó su machete enganchado en el cinturón y se dispuso a quitarse su propia vida. No tuvo el valor suficiente de hacerlo y sufrió unos segundos más antes de dejarse caer en el oscuro pozo, inconsciente por la falta de oxígeno.
Bajo él, la sangre teñía la tierra de un abanico de tonos carmesíes. Una bota levantó una pequeña nube de polvo y piedras que se depositaron sobre el charco.
Los golpes eran cada vez más difíciles de contener; ya que, una vez invertido el factor sorpresa en deshacerse de uno de los enemigos, el otro contendiente había desenvainado la espada a tiempo de detener la estocada, y, tras unos instantes de ventaja, la contienda se nivelaba rápidamente en sentido contrario.
El campesino solo podía tratar de detener los envites del experimentado soldado, que se divertía alargando la angustia de su rival, más preocupado por el hombre que estaba entrando en su pequeña cabaña, donde sollozaba su mujer, indefensa.
– Voy a divertirme contigo, gordito, vas a pagar por lo que le has hecho al Sucio. – Una mirada de absoluto terror fue la única contestación.
La punta de una flecha asomaba lentamente por el agujero creado por uno de los virotes en el cristal de la ventana.Un destello esmeralda apuntaba sin vacilación al enemigo. Tres, dos, uno… Justo en el instante anterior a la liberación del proyectil se abrió la puerta, golpeando a la arquera y modificando la trayectoria calculada.
– ¡Cuidado! ¡Hay alguien más ahí dentro!- La flecha salió muy desviada, pero el soldado se dio cuenta de que alguien le había disparado. Dos choques de espada acompañaron a la advertencia.
La puerta dejó ver a un hombre empuñando una pequeña daga. Tenía el pelo sucio y enredado, la ropa gastada y despedía un hedor mareante.
La Princesa buscó instintivamente en su bota, encontrando el puñal que le había acompañado todo el tiempo. El hombre aún no la había visto, pues Esmeralda se encontraba tapada por la puerta, a su espalda…
Rápidamente, consiguió deslizarse tras él y hacerle un pequeño corte en la mano derecha, que lo desarmó haciendo que la daga que portaba cayera al suelo. Tras esto, le asestó un contundente puñetazo en la base del cráneo, esperando que se desmayara. Sin embargo, no fue suficiente y el hombre consiguió revolverse.
Cerró los ojos y, sujetando el puñal con las dos manos, consiguió hundirlo en el estómago del enemigo, notando cómo el afilado acero traspasaba la carne sin dificultad.
Oyó un leve gemido y volvió a abrir los ojos justo para ver cómo un puño le abría una brecha en la ceja, tirándola al suelo. El dolor era insoportable, pero consiguió recoger la daga caída y, haciendo un enorme esfuerzo, castigó innumerables veces las piernas de la desafortunada víctima, cortando carne, músculos y tendones de forma indiscriminada hasta que, por fin, cayó al suelo.
De manera simultánea, el campesino perdía la espada acompañado de la sonora carcajada de su rival.
– No te preocupes por lo que le haré a tu mujer, vas a verlo todo… aunque con un solo ojo.- Hirió al hombre en una de las piernas, haciendo que se arrodillara. Levantó la espada para asestarle un golpe con la empuñadura y así dejarlo tendido en el suelo, indefenso.
Finalmente, la empuñadura golpeó el cráneo. Aunque apenas sin fuerza, el golpe hizo que la víctima cayera de bruces al suelo. Junto a él cayó también la espada, y, por último, su dueño, con una flecha atravesándole el oído.
Esmeralda dejó el arco apoyado una vez más junto a la ventana y se dirigió hacia el hombre que yacía con un puñal en el estómago y las piernas destrozadas…

Una escalera

El sol se desangraba lentamente contra una montaña, al oeste, tiñendo de rojo una parte del horizonte que poco a poco iba siendo invadido por un ejército de estrellas que reclamaban su turno.

Dos sombras completamente estiradas se proyectaban en el suelo, mirándose una a la otra.

– Sabía que volverías…
– He comprendido que mi sitio está aquí.

La mujer se dejó caer sobre las rodillas, incapaz de contener la emoción. El fruto de sus sentimientos se deslizaba fugazmente por las mejillas, cayendo rápidamente al suelo.

Mahtan se apresuró a abrazar a su madre, la besó tiernamente en la frente y volvió a abrazarla. Más lágrimas  de felicidad brotaron de los bellos ojos de la mujer, que correspondió a su hijo abrazóndole con todas sus fuerzas.

– Siento haberme ido, sé que lo has pasado mal por todos nosotros, pero tenía que entender… tenía que comprender… – Mahtan hizo una pausa.- Tenía que equivocarme.

-Ya lo sé, hijo mío. Lo importante es que estás aquí, y eso me llena de felicidad… pero, ¿qué pasa con tu sueño?

– Esmeralda puede esperar, mi sitio está aquí, tengo que ayudarte a ti y a la aldea, todos confían en mí. Esta escalera se sube poco a poco.

– ¿Escalera? – La mujer centró sus brillantes ojos en los de su hijo, sin entender muy bien a qué se refería.

– En mis largas travesías tuve mucho tiempo para pensar,  entendí que cada uno tiene su lugar, su función, y que todo lo que tenga que ocurrir ocurrirá a su debido tiempo. Nada funciona bien si lo fuerzas. – Mahtan ayudó a su madre a levantarse, incorporándose a la vez con ella. – Ahora entiendo la vida como una escalera. Cada decisión que tomamos nos lleva a subir un escalón, a partir de ahí, tenemos dos opciones: seguir subiend, o volver al escalón anterior si nos hemos equivocado. A veces cometemos el error de subir los escalones demasiado deprisa, y éstos desaparecen, esfumándose; de tal forma que para volver al punto donde estábamos antes hay que dar un salto muy grande, y podemos caernos de la escalera.
Por eso vuelvo a este escalón, y cumpliré mi deber hasta que llegue el momento.

– Mahtan…

– Vamos a casa, madre. Los dos nos merecemos un descanso.

Cuando entraron en la casa, la Luna reinaba en el cielo, extendiendo su manto por todo el firmamento y borrando todo rastro del sol, que había, por fin, llegado al final de su camino.

El reparto se hizo de noche, bajo la luz de las antorchas. Mahtan y su madre tomaban un cuenco de sopa de cebolla y unos trozos de pan de cereales cuando uno de los Lobos llamó a la puerta. El joven se levantó de la silla y abrió la puerta con parsimonia.

– Sé que es un poco tarde, pero aquí os traigo la parte del reparto correspondiente a los Vardamir.

– Muchas gracias, hermano.

La mujer apareció tras la puerta. – Parece mucha carne, habéis tenido una buena caza.

– Sí, señora, estamos muy contentos.

Mahtan miró a su madre, cuyos ojos expresaban toda la pena que sentía, y entendió al instante lo que debía hacer.

– Creo que podemos arreglárnoslas con la mitad de carne… a fin de cuentas solo estamos dos… Y aquí hay carne para cuatro personas. – El Lobo no supo qué decir. Mahtan lo cogió del hombro. – Muchas gracias, nos quedaremos con la mitad. Por favor, reparte el resto entre las familias más necesitadas, seguro que lo agradecerán más que nosotros.

– Sí, señor. Mm… me… me alegro de que esté de vuelta, capitán.

– Yo también.

Despidió al cazador y cerró la puerta. Madre e hijo colocaron la carne en la despensa, y charlaron un rato más frente a una taza de té.

– Creo que hoy padre entendería que no salieras a pasear.

– Claro que lo entendería, pero de todas formas lo haré.

– ¿Quieres que te acompañe?

– Prefiero ir sola, además, debes descansar, mañana te espera un largo día, todo el mundo te requerirá para algo, seguro.

– Adoro la rutina…

La mujer sonrió, besó a su hijo en la frente y salió por la puerta, con la única compañía de la Luna y sus secuaces que guardaban fervientemente el firmamento en aquella noche despejada.

Mahtan se durmió con el último pensamiento de volver al escalón que nunca debió subir…

Sin elección

Tarí, la Reina de Hielo… Las palabras tenían un efecto catastrófico en el joven Vardamir. Eran gélidos aguijones dirigidos directamente a su alma. Se quedó paralizado durante unos instantes, mirando inexpresivamente a la mujer, como si su mente estuviera en algún lugar a miles de kilómetros de aquella oscurra mazmorra.

Un puño invisible le golpeó en la espalda, lo que hizo que se desplomara sin fuerzas en el suelo. Las costras de las muñecas comenzaron a sangrar de nuevo, y el golpe hizo que se mordiera la lengua.
Consiguió reunir fuerzas para volver a arrodillarse y mirar a aquella mujer.

-¿Por qué? ¿Q… qué pasó?

De repente su mejilla volvió a besar el suelo. Tarí le había golpeado de nuevo en la cara con su mano derecha envuelta en un guantelete de acero. La mandíbula del mensajero se desencajó, y el golpe contra el suelo hizo que se desmayara de dolor.

No supo cuánto tiempo había estado tumbado, pero despertó con la cara pegada al suelo sobre un enorme charco de sangre reseca. Algo dentro de la boca le dolía de una forma insoportable, pero no era su lengua…

No fue hasta unos segundos después cuando se dio cuenta de que se la habían cortado. La Reina de Hielo le observaba con un atisbo de sonrisa bajo una oscura capucha que le cubría los ojos.

– Por fin te despiertas, espero que eso te haga aprender a hablar cuando se te pida… Y que comprendas que ya nunca nadie te lo pedirá…

Los ojos del joven la miraban llenos de desesperación. Sabía que su destino era la muerte, pero no tendría la suerte de que le llegara rápidamente. Aquella mujer encontraba placer en el sufrimiento ajeno de una forma inhumana.

Cuando consiguió separar la cabeza del negro charco de sangre seca, pudo ver un pequeño estilete a unos pocos metros de su mano derecha. Una lágrima resbaló por su mejilla y aterrizó en el suelo junto a su desencajada mandíbula, mojando un diente destrozado que una vez estuvo firmemente sujeto en su boca.

Debía hacerlo pronto, era su única oportunidad de acabar con esa pesadilla y reunirse con sus seres queridos, que le estarían esperando. Reencontrarse con ellos era lo que más deseaba en el mundo después de volver a ver a su familia… Pero para eso tendría que esperar muchos años.

– Olvídate del estilete… de todas formas, no vas a poder cogerlo. – La pesada bota de Tarí destrozó la maltrecha muñeca del hermano de Mahtan, dejándolo finalmente sin elección… Los dedos, inconsistentes,  se escurrieron a través de la arandela de hierro que le había tenido colgado del techo.- Ya que tanto interés tienes, te contaré la historia de la Reina de Hielo…

Un velo negro se apoderaba del mensajero. La sensación de un espeso manto oscuro que cubría poco a poco toda la tristeza. Su cuerpo cada vez sentía menos dolor, y le acompañaba una sensación parecida a la de volver a casa tras un largo viaje. La voz de la bruja seguía siendo nítida, y evocaba momentos, lugares y personas de una vida que cada vez se alejaba más y más…

¡Hasta siempre Vardamir!

El corazón se detuvo al ser atravesado por una costilla destrozada cuando la maza golpeó la espalda del joven.

Una ayuda inesperada

Poco a poco comenzó a retomar la consciencia. La tela que le había tapado los ojos estaba suelta en el suelo junto a ella, y un intenso dolor en la base del cráneo le hizo suponer que se había desmayado debido a un fuerte golpe. Se dio cuenta de que sus manos no estaban atadas e intentó incorporarse, pero tardó unos segundos, pues en el primer intento a punto estuvo de caer de bruces contra el suelo. Todo le daba vueltas.

Podía sentir el intenso olor a sopa de cebolla con venado que había aparecido en su sueño bajo el árbol. El aroma procedía de un enorme caldero junto a la chimenea de la cabaña. Se preguntó qué hacía allí, por qué le dolía tanto la cabeza y por qué había un plato vacío, un vaso y una cuchara de madera sobre la mesa, como esperando a ser utilizados para servir una ración de sopa.

Estaba sentada en una cama cuyo colchón estaba relleno de paja; la cabaña era humilde. Estaba construida en piedra y se encontraba pobremente decorada; aún así contaba con una cama, una mesa con dos sillas y una chimenea. Había una puerta que, supuestamente llevaba a una pequeña despensa, y otra puerta junto a la cama, además de la principal, justo en frente de ella. Su arco y el carcaj estaban apoyados contra la piedra, listos para ser utilizados. Junto a ellos reposaba un gran baúl que tenía ropa de campesina perfectamente doblada, además de unos zapatos cómodos.

Miró el vestido que llevaba puesto; era el que había llevado durante varios días, el que se puso para la cena la noche en la que huyó del castillo; estaba totalmente sucio y roto por todas partes. Se alegró de poder ponerse ropa limpia. Tras levantarse de la cama, se dirigió a la puerta que tenía más cerca; la abrió y pudo ver una pequeña sala de piedra, con una minúscula ventana y una modesta bañera en el centro. La bañera estaba vacía, pero tenía un caldero lleno de agua al lado; así que podía calentarla en la chimenea.

– ¡Cuánta amabilidad! – Pensó.

El relincho de un caballo y una suave voz femenina la sacaron de sus pensamientos. Momentos después una humilde mujer entró en la cabaña. La mujer era de corta de estatura, rechoncha y con una piel tan colorada que parecía salida de una sauna. Respiraba atropelladamente.

– ¡Por fin te has despertado! ¡Rápido, tenemos que salir de aquí!
– ¿Quién es usted? ¿Qué está pasando?

Antes de que le diera tiempo a contestar, una saeta rompió el cristal de la ventana y se clavó junto a la chimenea.

La mujer se tiró al suelo mientras gritaba fuera de control y otra saeta se clavó justo al lado de la primera.
La Princesa de Ojos Esmeralda se dirigió rápidamente a por su arco, colgó su carcaj a la espalda y se asomó a la ventana.

Dos ballesteros recargaban su arma mientras una silueta se les acercaba por detrás.
Todo sucedió muy deprisa. Una tercera saeta se clavó junto a la chimenea, de nuevo. En lugar de la cuarta, se oyó un sonido ahogado, y un gorgoteo antes de que un cuerpo cayera inerte al suelo. La extraña silueta, posiblemente el dueño de la cabaña, acababa de cortar el cuello de uno de los ballesteros.

La mujer lloraba y respiraba entrecortadamente, era inútil decirle algo, sabía que no la escucharía.
Una serie de maldiciones se oían desde fuera y el familiar sonido que acompaña a un desenvainar de espada dio comienzo a la poesía de metal.

Cargó su arco y se asomó por la ventana, el cristal estaba destrozado, así que podía intentar abatir al ballestero mientras luchaba con el campesino. Tensó, intentando apuntar.

La puerta se abrió a su izquierda….

Una cara conocida

– ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! ¡Mahtan Vardamir! – La voz sonaba familiar, y durante unos instantes, retumbó contra las paredes de la vieja torre derruída.

Antes de ser plenamente consciente de la situación, Mahtan desenfundó la espada, dejando caer la pequeña figura de madera y preparándose para enfrentarse al enemigo. Fue un acto instintivo, tanto que, aún con los ojos casi cerrados, lanzó una estocada que el rival pudo esquivar, no sin dificultad.

– ¡Por todos los dioses! ¿Es que no me reconoces?

Mahtan despertó por fin, todo había sucedido muy deprisa, y su cabeza tenía toda la información desordenada. Tardó unos instantes en poder ordenarla por completo.

La persona que le había despertado era un Lobo de la aldea, un explorador encargado de adelantarse para rodear a las presas, había estado durmiendo, y tenía el cuerpo entumecido y congelado. La ropa se le había mojado, todo el suelo del vivac estaba empapado debido a que la tierra no pudo absorber toda el agua caída en la tormenta, y tenía dos serias picaduras en los labios, justo donde los colmillos de la extraña mujer se le habían clavado.

-P…Perdona, ha sido una reacción instintiva, afortunadamente estaba tan dormido que apenas pude levantar la espada…

-Es peligroso dormir en estas tierras, hemos encontrado varios lobos en los alrededores. ¡Ven aquí, dame un abrazo!

Los dos Lobos se abrazaron como dos hermanos que no se ven desde hace mucho tiempo. Tras ello, Mahtan recogió el vivac, las armas y la bolsa de la comida, ya casi vacía.

El sol trataba de asomar con un reflejo que intentaba ser rojo por encima de las montañas, al este; pero por mucho que lo intentara, no podía competir contra las densas nubes tormentosas que teñían todo con tonos grises; a pesar de todo, el amanecer fue bienvenido y los dos compañeros se pusieron en marcha.

– Nos dirigimos al norte, he conseguido rodear un grupo de cinco venados que se han separado de la manada principal, espero que a medio día podamos atraparlos contra el grupo principal.

-¿Cuántos días lleváis de caza? – Mahtan solo quería regresar cuanto antes, así que hizo la pregunta deseando que el cazador respondiera con un número grande.

-Cinco, a medio día deberíamos regresar, la aldea ya nos estará echando de menos… Tenemos dos días y medio de camino, aunque entendería que quisieras adelantarte…

-No es necesario, al fin y al cabo, sigo siendo uno de vosotros.

-El más importante, capitán.

Al filo del medio día, Mahtan divisó el estandarte del carro, a lo lejos; y a medio camino, el pequeño grupo de animales. El plan había resultado. El cazador consiguió herir a uno de ellos en el muslo, lo que hizo que todos salieran dispersados en dirección contraria, cayendo en la trampa. Mahtan abatió a la bestia herida de un certero disparo, y el resto murió al acercarse al grupo de Lobos.

-¡Con estos cinco y las otras diez piezas que llevamos serán suficientes para unos días!

El sol había conseguido impregnar de color los verdes campos, ya que la tormenta se había convertido ya en una pequeña llovizna, haciendo menos densas las oscuras nubes que habían privado a Mahtan de su luz durante los últimos días.

El camino de vuelta fue tranquilo, a excepción de dos ataques de lobos justo al anochecer, uno cada día. Sin embargo, los Lobos pudieron repelerlos sin problemas. Era agradable para los cazadores tener a Mahtan de nuevo con ellos, su sola presencia les subía la moral y les inspiraba valor y entusiasmo. Para Mahtan también fue bueno que lo encontraran, se había quedado prácticamente sin comida y así podía disfrutar de la compañía de sus hermanos Lobos, recuperando su confianza y conociendo las últimas noticias de la aldea.

Al anochecer del segundo día llegaron a la aldea. Todo estaba dispuesto para el reparto, y una figura femenina aguardaba la primera tras la pobre empalizada.

– Sabía que vendrías…

Agujero

El pasillo quedó en silencio una vez el soldado se marchó.
Intentó levantarse y dirigirse a la mesa sin tener que llamar a la enfermera. Consiguió llegar con menos dolor de lo que había previsto…

La comida ya estaba fría, y no se podía decir que tuviera un gran apetito; además, el contenido del plato no invitaba en absoluto a abalanzarse sobre él.

Sabía que tenía que comer; eso le haría recuperar fuerzas y ayudaría en la curación de la herida… La herida. La herida era la consecuencia. La herida era el castigo por lo que había hecho, era el traspiés que le había hecho caerse por ese agujero…

Si no se hubiera vuelto loco, si solo se hubiera detenido a pensar por un instante, la herida no sería más que una pequeña molestia en la pierna… Pero no era así, se había vuelto a infectar, y ahora no solo tenía que cargar con la dolorosa molestia en el muslo, sino que también había tirado por tierra las opciones de volver a casa…

Volver a casa.

Podía estar comiendo un delicioso cuenco de sopa de cebolla con venado, mientras, frente a una chimenea, conversaba y acariciaba a su tierna esposa. Por la mañana podría acompañar a su hijo de cacería, compartir un rato con él; para volver al calor del hogar por la noche, y pasear bajo las estrellas con su princesa.

Sin embargo, tropezó con la piedra de la inconsciencia y cayó en ese manto azabache del que no podía salir. También sabía que las cosas no serían fáciles cuando la herida cicatrizara… si es que cicatrizaba. El jefe de la guarnición quería hablar con él y nadie sabía qué se le podía pasar por la cabeza a ese hombre; lo que era seguro era que no disfrutaría de su periodo de permiso.

Pensó en lo fácil que era perderlo todo, en cómo en un instante se puede desmoronar hasta el que creemos más resistente de los castillos. Una brizna de locura había destrozado los cimientos del edificio en el que había puesto sus esperanzas a corto plazo. Ahora debía esperar, enfrentarse a lo desconocido y esperar a que el tiempo le devolviera la oportunidad.

Sentía miedo…

-Supongo que todos sentimos miedo a lo desconocido… – Dejó la cuchara sobre el plato vacío y terminó la comida con un largo trago de agua. Acto seguido volvió a la cama y se hundió una vez más en ese hueco.

Miró por la ventana… el día era oscuro, un día más en esa sala, un día más en ese agujero…

La Reina de Hielo

Un dolor insoportable en las muñecas le despertó. Estaban abrasadas por el roce de la cuerda desde hacía tantos días. Intentó abrir los ojos, pero fue inútil; estaban hinchados debido a los golpes y los párpados estaban pegados con una mezcla de pus y sangre. Su atención se volvió de nuevo a las muñecas… Chilló.

Se maldijo a sí mismo por no haber encontrado la espada a tiempo el día que lo capturaron, podría haberse evitado todo el sufrimiento… Un pensamiento irrumpió en su mente: “¿Cuánto tiempo llevaba capturado?” 
Era la primera vez que se sentía tan despierto después de tantos días y fue en ese momento cuando se dio cuenta de todas las torturas a las que había sido sometido. Notaba el cuerpo lleno de golpes, magulladuras y heridas por todas partes. 
De repente cayó. Notó como algunos de sus dientes se partían cuando su mandíbula impactó contra el suelo. El metálico sabor de la sangre inundó su boca e intentó incorporarse con sus manos, pero no tenía fuerza alguna…
– Creo que ya hemos acabado contigo, has sido muy obediente, pero no nos has aportado casi nada de valor, Vardamir.
El interpelado movió su cabeza, intentando encararse hacia la fuente del sonido. Sabía que la voz era la de la misteriosa mujer que le había torturado e, inmediatamente, se acordó de las cicatrices… 
– Eres patético…
– ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?
– ¡Jajaja! ¡Vaya! Parece que el soldadito no sabe lo que es una guerra… ¿por qué hago esto, imbécil? – La mujer abofeteó la mejilla del joven, hendiendo en su carne las afiladas puntas de sus oscuros anillos. Un chorro de sangre se unió al reseco charco que había en el suelo.
– ¿A qué esperas para terminar con esto? ¡Acaba de una maldita vez!
– Aún tengo que hacer algo por ti… – Agarró al mensajero por el pelo y le hizo levantarse. Las piernas le temblaban al principio, pero su orgullo evitó que cayera. El chico intentó golpearla, pero ella hábilmente esquivó el torpe intento y agarró al hermano de Mahtan por la muñeca, lo que hizo que se arrodillara presa de un fuerte dolor.
– ¡Estate quieto! – Con un rápido movimiento, sacó su cuchillo de la funda e hizo que el filo rozara ambos párpados en décimas de segundo. Una mezcla de pus y sangre salía a borbotones, pero ello hizo que la víctima pudiera abrir los ojos.
– ¡Ilenda! – Por fin lo entendía, esa mujer era la chica de la aldea, la niña que fue atacada por un lobo y llevaba de urgencia al Sanador. ¡Sí! ¡Estaba seguro de que era ella!
– Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así… Ahora soy Tarí, la Reina de Hielo…

Corazón congelado

Caminaba bajo la atenta mirada de las estrellas que acompañaban a la Luna en aquella noche nublada. Como siempre, había salido a pasear pensando en su marido, al que tanto echaba de menos. También pensaba en sus hijos, preguntándose qué sería de ellos. El día había sido duro, por la mañana había hecho su trabajo, ayudando a los habitantes enfermos de la aldea. Por la tarde, justo cuando el sol caía, había procedido al reparto de la carne que traían los lobos.

Se encontraba muy cansada y el suelo estaba embarrado debido a la ligera llovizna que había caído por la tarde. El paseo duró menos de lo habitual. Volvió a casa, deseando meterse en la cama y poder descansar. No sabía cuánto podría durar la situación, y ese sentimiento atenazaba su capacidad de sonreír, haciendo que cada día sus ojos se hundieran en un agujero cada vez más profundo. La gente lo notaba, e intentaba ser más agradable de lo habitual. La mujer, sin embargo, sabía por qué lo hacían, y aquello no hacía más que hacerla sentir cada vez más incómoda.

Por fin llegó a casa, tomó una taza de té de frutas y se acurrucó bajo las mantas; apenas le dio tiempo a pensar antes de caer dormida.

Volvió a soñar con sus antepasados, que velaban por ella y la protegían. Ella caminaba por un desierto helado, aunque no sentía frío más que en su corazón. La ventisca le impedía ver a más de pocos metros de distancia, pero sí que podía divisar una luz a lo lejos, y entendió que debía ir hacia allí.

Cada vez le costaba más abrirse camino a través de la nieve y el hielo, resbaló dos veces, pero consiguió mantener el equilibrio; unos metros después calló de bruces contra el suelo. Consiguió levantarse tras varios intentos infructuosos, ya que el vendaval volvía a tirarla mientras intentaba levantarse. Caminaba arrastrando sus pesados pies, dejando dos surcos sobre aquel manto blanco.

Por fin, ya de rodillas, llegó hasta la luz. Una figura familiar portaba un candil encendido cuya llama, lejos de extinguirse, hacía derretir la nieve y el hielo, y formaba una burbuja espectral que detenía el viento, creando un pequeño espacio donde reinaba la tranquilidad absoluta.

La mujer supo que esa llama era su familia, y que debía encontrarla para protegerse de la tormenta de hielo que la azotaba constantemente. La figura acarició su rostro y dejó el candil a sus pies. La madre de Mahtan sintió una cálida sensación de tranquilidad mientras miraba cómo su antepasado se alejaba levitando del lugar dejando una frase en el viento:

– “Recuerda que aunque en algunos corazones es invierno y están cubiertos de un denso manto blanco, al final siempre llega la primavera portando la llama que derretirá todas las nieves que creíamos perpetuas.”

Unos labios peligrosos

Dudó, intentó mirar de nuevo hacia la luz, pero aquellos zafiros le parecieron lo más bonito que había visto en su vida, le tenían atrapado como una red… una red de la que no podía escapar.

Los labios, de aspecto dulce y carnoso, comenzaron a abrirse, dejando ver una preciosa sonrisa. Durante un instante, notó algo raro en los dientes, pero no tuvo tiempo de fijarse mejor, aquellos ojos azules le llamaban de una manera irresistible. La Princesa Esmeralda era un vago recuerdo en su mente, un halo azul se hacía con el control de todos sus pensamientos, de todos sus sentimientos.

Un ápice de cordura, que duró una milésima de segundo, le dio una idea: tenía que cerrar los ojos, así se libraría de aquél imán que lo atraía inexorablemente… aunque ya no estaba tan seguro de si se quería apartar…

Tomó la decisión, puso sus manos sobre la cintura de aquella extraña mujer, y juntó sus labios con los de ella, que parecían estar esperándole más tiempo del que jamás imaginó.

El beso le pareció frío, casi helado, sintió como su boca se congelaba, sus labios, su cara, su cabeza, su cuello, los hombros… poco a poco iba sintiendo como el frío helaba la sangre de sus venas. Un agradable calor invadió su boca, seguido de dos intensas punzadas de dolor. Dos afilados colmillos hendían la carne de sus labios, liberando un pequeño y cálido reguero carmesí. No podía separarse. Los preciosos ojos azules se transformaron en dos afilados zafiros que se le clavaron en los suyos, haciéndole sentir un dolor inimaginable y dejándole completamente ciego para siempre. Sin tiempo para reaccionar, un puñal se le clavó en el estómago, haciendo fluir de nuevo más sangre de su cuerpo.

Quedó de rodillas, con la cabeza apoyada en la fría torre, la chica había desaparecido. Sus manos intentaban tapar sin éxito la hemorragia, estaba congelado y empapado… iba a morir ahí, solo, desangrado y ciego…

– Mahtan Vardamir. – Fue lo último que consiguió oir…

El mejor capacitado para el puesto

La habitación se iluminó acompañada del incesante dolor en el muslo, como cada día. Esta vez, al menos, había podido conciliar más momentos de sueño de lo normal. La herida se había infectado de nuevo, pero, al menos había vuelto a salvar la pierna… al menos de momento.

Mientras esperaba con impaciencia que la enfermera llegase para limpiar la herida y darle el desayuno, una fuerte discusión en el despacho de al lado, el del capitán del puesto,  llamó poderosamente su atención. Se concentró en escuchar detenidamente la conversación, aunque tenía la impresión de que los gritos podían escucharse por todo el pasillo…

– Con el debido respeto, ¡capitán, no entiendo por qué no estoy yo al mando de esa misión!

– ¿Es que no entiende que aquí las decisiones no las toma usted? ¿Quién se cree para cuestionar las órdenes de un superior?

– ¡Yo fui el que encontró el objetivo, y arriesgué mi propia vida, dejando a mi pelotón atrás, en un acto de valentía para estudiar el terreno y encontrar la posición más propicia para el ataque! Es mi zona de actuación,  conozco el terreno y sabía exactamente cómo tenía que actuar…

– No tengo por qué discutir esto con usted, está incurriendo en una falta gravísima, sargento.

– Señor, creo que merezco al menos una explicación.

– ¡No toleraré más actos como el suyo, sargento, estoy a punto de sancionarle! ¡La gloria personal es insignificante y jamás permitiré que haya egos y orgullo entre los hombres que están a mi cargo!

– ¡Exijo una explicación!

– Sargento, queda usted relevado del mando, a partir de ahora su nuevo destino es el frente oeste, reúnase con la persona al mando en cuanto llegue. Pase por este despacho mañana con la primera luz del día, llevará una carta explicando su indisciplina, el capitán del frente sabrá qué hacer con usted. Puede retirarse….

– ¡Maldita sea! ¡Se está equivocando, capitán!

– Por favor, sargento… o debería decir soldado… retírese. ¡Queda degradado!

El nuevo soldado salió del despacho, hecho una auténtica furia. El sargento, desde su cama, pudo observar la rabia, la ira y la desesperación en sus ojos.

– Entiendo en parte al chico – La enfermera había entrado sin que el padre de Mahtan se diera cuenta. -Debe ser frustrante hacer todo el trabajo y que al final te lo arrebaten de las manos sin saber por qué…

– Aquí los que manda… – hizo una pausa para intentar soportar el intenso escozor de las hierbas curativas, una gran cantidad de pus salía de la hendedura. – … los que mandamos… seguro que hay una razón detrás de todo… además, no podemos hacer nada.

– Conozco al chico personalmente, a veces es demasiado exigente consigo mismo, puede que le cueste superar este golpe… Sargento, esta herida tiene cada vez peor pinta, no debió haber hecho lo que hizo.

-Ya lo sé, estoy arrepentido, pero no podemos cambiar algunos errores del pasado, solo podemos aprender de ellos y no volver a dejarnos llevar cuando no somos capaces de razonar.

– Estoy de acuerdo… prepárese… esto va a doler…

El sargento no pudo terminar su frase, un dolor intenso nubló su vista durante una décima de segundo; acto seguido todo se fundió en un velo negro, del que despertó horas después con la venda cambiada y la comida fría sobre la mesa….

Pudo ver cómo el chico se dirigía antes de tiempo al despacho del capitán.

– ¡Ya lo tengo todo listo, señor! ¡Volverá a por mí, se lo aseguro, soy el mejor capacitado para el puesto!

Vardamir suspiró, esperando que todo se solucionara para ese pobre chaval.

El venado

Por fin había llegado el día, la gente había estado inquieta durante toda la semana, y a medida que transcurrían las horas y no se divisaba a los Lobos volviendo por el camino, los habitantes de la aldea parecían impacientarse más y más.

El sol se precipitaba tras una colina al oeste, arrancando los últimos brillos en el valle y dejando paso a una tenue oscuridad, que venía acompañada de una ligera lluvia. Aquel día parecía ser un fiel reflejo del estado de ánimo que tenían los aldeanos.
Para ella no importaba, desde la partida de Mahtan todos los días habían sido iguales, era como si sus ojos hubieran dejado de distinguir colores, como si todo fuera en blanco y negro. Aún así, no había desatendido sus labores ni un solo día, y había cumplido con su deber visitando a los enfermos de la aldea, ayudándoles en su recuperación. Ese día se encontraba en el centro de la aldea, esperando a la partida de cazadores para distribuir la carne cuanto antes. Habían pasado unas semanas desde el último reparto y la gente esperaba amargamente un remedio que acabara con el hambre que sentía. 
Las mujeres desplegaron una tela enorme que cubría toda la plaza, y que les ayudaría a resguardarse de un incipiente aguacero. Por fin, tras la larga espera, la partida de Lobos con el carromato apareció por el sendero del sur. Cuando entraron fueron recibidos con vítores y aplausos y descargaron a toda velocidad para que las mujeres pudieran proceder con el reparto. Sus rostros mostraban un intenso cansancio, pero la satisfacción del trabajo bien hecho. Solo un Lobo, el más joven de todos, parecía apenado.
Se quedó cortando los trozos de carne, haciendo la labor de Mahtan. Tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, en otro instante. La madre de Mahtan se percató rápidamente, y, cuando hubieron terminado, pidió al muchacho que le contara por qué se sentía así.
El Lobo la miró, y no pudo ocultarle sus sentimientos:
– Todos han cazado una pieza, soy el único que no ha podido traer nada,  he sido un estorbo.
– ¿Por qué dices eso? Sois un equipo, lo hacéis todo entre todos…
– Esta vez no… Encontré un venado el primer día, pero era bastante difícil de cazar, pues se movía siempre tras arbustos y árboles. Parecía saber que yo estaba ahí, y empezó a alejarse. Me separé del grupo, siguiendo su pista, crucé un río y tropecé con una piedra suelta, así que volqué el carcaj y el río arrastró todas las flechas que llevaba menos una. Estaba a medio día de camino del grupo, persiguiendo a un venado y solo tenía una flecha… Aún así decidí seguirlo…
Las manos del joven cubrieron sus ojos mientras recordaba el resto de la historia. Una reconfortante mano se posó en su hombro.
– Parecía andar en círculo, no sabía ya a cuánta distancia estaba, llevaba un día persiguiendo a la presa. El cansancio se apoderaba de mí, también el hambre, pero el venado parecía no cansarse, y seguía su camino… Al parecer volvíamos sobre nuestros pasos, pero eso es algo de lo que no me di cuenta en ese momento.
Por fin se paró en un claro, la visibilidad era perfecta, era el momento que había estado esperando… Puse la flecha en el arco y tensé… intentando apuntar a la cabeza, solo tenía una oportunidad.
De pronto otra flecha atravesó el cuello del animal… un compañero Lobo cazó al venado que yo había estado persiguiendo durante más de un día… Sé que somos un equipo, pero no puedo evitar sentirme mal por ello… Después de todo, el trabajo era mío.
– Debes pensar que gracias a tu esfuerzo, las familias tendrán más comida estos días…
– Supongo que las recompensas no siempre llegan de la forma en la que las esperamos…
– Tu recompensa es el orgullo del trabajo bien hecho, aunque no tengas un venado sobre tu hombro… Deberías descansar, ya verás como mañana lo ves todo de manera distinta…
– Creo que tiene razón.- Se levantó.- Muchas gracias por el consejo, seguro que mañana me siento mucho mejor.
Se abrazaron y despidieron, la mujer suspiró una vez más…

Alimentar a la bestia

Las horas en aquella camilla parecían interminables, sin saber nada de su familia y sin poder hacer nada por enviarles ningún tipo de mensaje. No sabía dónde estaban sus hijos -de hecho, seguía creyendo que Mahtan estaba en la aldea- y no conocía de ningún soldado con permiso que fuera a viajar a la aldea o sus alrededores…

Siempre que se encontraba en una situación desesperada, recordaba una de las viejas historias de su padre, el Viejo Lobo:

Muchísimo tiempo atrás, dos hermanos gemelos caminaban un día por los alrededores de la aldea, cuando de pronto, un arbusto se agitó, lo que atrajo su atención.Una cría de dragón negro yacía abandonada, y con las patas rotas junto al cadáver de un jabalí, que tenía el cuello totalmente destrozado tras el ataque de las garras de la cría. Todo hacía suponer que el jabalí había intentado devorar a la bestia, y ésta se había defendido, matando al animal. La cría de dragón intentaba comer parte de la desgarrada y ensangrentada carne del jabalí, pero era incapaz de volar aún y no podía mover las patas traseras, así que se arrastraba penosamente entre pequeños gemidos de dolor.

En la región todo el mundo decía que los dragones negros eran criaturas de una maldad inimaginable, y que su presencia cerca de cualquier aldea debía ser erradicada antes de que pudiera tener oportunidad de liberar su maldad. Por eso, uno de los gemelos cogió rápidamente una piedra del suelo, dispuesto a aplastar el cráneo de la pequeña criatura, que intentaba llegar a la ansiada comida…Pero su hermano le detuvo. Un hechizo de control mental parecía afectarle, estaba obnubilado con la extraña belleza de la bestia, con sus brillantes escamas, con la perfección de las formas de su cuerpo, que seguía teniendo una extraña belleza a pesar de tener las patas destrozadas…

– ¡No lo hagas! Deja que muera solo, no puedo dejar que destruyas una criatura tan maravillosa…
– ¿Cómo? ¿Es que no sabes lo que puede pasar?
– Sí… sí… pero.. míralo, no pude ni moverse, morirá a la intemperie, solo te pido que no lo mates tú… deja que muera, por favor.
– ¡No podemos arriesgarnos!
– Obsérvalo, va a morir… no te conviertas en un asesino, déjalo morir, por favor…
– Está bien, pero vayámonos de aquí, este bicho me da muy mala espina…
– De acuerdo, adelántate, yo cortaré un poco de carne de jabalí, parece que las patas traseras están en buen estado, ¡esta noche cenaremos jabalí al horno, avisa a padre y madre!

Estaba anocheciendo cuando por fin regresó a la aldea. Volvía con las patas de jabalí, pero nunca dijo que el resto se lo había dado a la cría de dragón, a la que llevó a una cueva cercana para intentar curarla.

Con el paso del tiempo, solía ir a ver a la bestia, llevándole restos de comida, y hierbas curativas para las heridas, que poco a poco cicatrizaron.

Un buen día, la cría se convirtió en un pequeño dragón joven, y su malicia había crecido tanto que asesinó a quien le había salvado la vida aquél día. Después se dirigió a la aldea, matando a todos sus habitantes con una crueldad inimaginable: algunos morían envueltos en llamas, otros atrapados bajo sus patas, también había cuerpos estrangulados, y algunos hasta murieron engullidos totalmente… solo quedó uno con vida al final, delante de él… El dragón le recordaba perfectamente, era el hermano de su cuidador, el que tuvo la roca en la mano, el que iba a acabar con su existencia. El humano entonces comprendió la traición de su hermano, por su imprudencia, se había perdido todo… Murió igual que aquél jabalí, con el cuerpo atravesado por las afiladas garras del dragón…

Nunca hay que alimentar a la bestia…

La torre

Se encontraba en medio de ninguna parte, con todo cubierto bajo una espesa niebla.  Era consciente de que estaba dormido, de que todo era un sueño.

Por fin salía de una ciudad fantasma, por donde llevaba mucho tiempo caminando. Cada vez se alejaba más de esa ciudad, de altos edificios abandonados. Por encima de todos destacaba la torre del templo; una estructura que en algún momento fue majestuosa, pero que ahora se encontraba prácticamente derruida, y en la que la parte superior carecía de tres de las cuatro paredes. Esto hizo que, en algún momento, el tejado cayera sobre el suelo de la última planta.
A lo largo de la torre había agujeros, que dejaban al descubierto la larga escalera que subía hasta la parte más alta, donde, en otros tiempos, alguien hacía sonar el cuerno para convocar a la gente a la oración.
Se detuvo un instante. Su camino había sido, desde hacía horas, hacia fuera de aquella ciudad. Sin embargo, se giró para contemplar la torre. Se quedó de pie, donde estaba, mirándola detenidamente, intentando concentrarse en todos y cada uno de aquellos agujeros, mientras sentía en su espalda las ganas de girarse y seguir caminando, alejándose de allí. 
Cuando se sintió satisfecho con el análisis de la torre, giró sobre sus pies para continuar su camino mientras una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro. No supo por qué, pero se obligó a echar un último vistazo atrás, a aquella ciudad de la que quería escapar, pero por la que llevaba caminando tanto tiempo. Una silueta femenina apareció junto a la última casa de la ciudad.
Se quedó de espaldas a la silueta unos instantes… ¿Quién era? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Vivía en la ciudad? ¿Por qué solo había aparecido cuando se iba?
Mahtan soltó un grito, presa de la desesperación.
– Solo es un sueño, estoy dormido, me encuentro de camino a la aldea, pronto llegaré… ¿Qué significa todo esto? – A pesar de ser consciente de la situación, sentía una tremenda curiosidad por acercarse a la figura, que parecía esperarle, paciente, con la cabeza cubierta completamente bajo una capucha negra.
– Supongo que no pierdo nada por echar un vistazo…- Se dijo mientras se daba la vuelta hacia la mujer.
Comenzó a deshacer sus últimos pasos, muy torpemente al principio, pero cada vez con más confianza. De vez en cuando no podía evitar mirar hacia atrás, hacia la luz, hacia el camino que le esperaba fuera de aquella ciudad, donde había deambulado sin rumbo tanto tiempo. Uno de las fugaces miradas atrás le hizo trastabillar y estar a punto de caer, pero consiguió evitar la caída y empezar a correr hacia la chica.
Cuando se halló delante de ella, dudó un instante, sabía que era un sueño, que quizás tuviera algún significado… Quizás debía alejarse de aquella extraña mujer que le aguardaba, con el rostro oculto bajo el terciopelo azabache… Se dijo a sí mismo que quería creer, quería creer que aquel sueño se cumpliría, que descubriría bajo la capucha los ojos verdes que llevaba buscando toda la vida…
Se quedó delante de ella, nervioso, y sus manos retiraron la capucha…
Una cara desconocida le clavó sus dos preciosos zafiros. Mahtan se sorprendió, pero no pudo dejar de mirar aquellos maravillosos ojos azules… La chica sonrió…

Siempre sale el Sol

Un destello, seguido de un ruidoso trueno le despertó.
El sol no era más que un pequeño haz luminoso que intentaba traspasar una enredada maraña de nubes tormentosas.

Mahtan maldijo ruidosamente. La tormenta alejaría la caza y le impediría caminar durante todo el día. Su capa estaba empapada, pues se había quedado fuera del vivac, y sería imposible encender un fuego, todas las ramas que había reunido estaban totalmente mojadas.

Miró en derredor, la tormenta abarcaba todo lo que la vista alcanzaba. Sería difícil moverse durante todo el día… Estaba a varios días de camino de la aldea, y cuando llegase no tendría mucho tiempo para recuperarse de las heridas y el cansancio; así que decidió no arriesgarse a enfermar y se quedó bajo el vivac durante casi todo el día, tallando.

Pensó en acercarse al río, y darse un baño, pero se dio cuenta de que la tromba de agua que caía había agitado las aguas, que hicieron moverse todo el lecho, logrando así que el tranquilo río pareciera un torrente marrón, enfadado con la tormenta por haber perturbado su quietud.

– Parece que hoy no habrá baño.- La tormenta había perdido intensidad, decidió dejar su ropa seca bajo el vivac, y pasear desnudo, bajo la lluvia. Quería sentirse libre, sentir cómo la lluvia caía en su rostro mientras paseaba. Era, curiosamente, la calma de la que disfrutaría antes de la tempestad que le esperaba en la aldea; aunque disfrutaría esa calma en medio de una tempestad.

Caminaba y pensaba, de vez en cuando paraba, abría los brazos y ofrecía todo su cuerpo a aquella tormenta, ya se secaría cuando volviera al refugio, ahora debía dejarse llevar y disfrutar de la naturaleza.

– ¡Mañana será otro día y saldrá el sol! – A medida que caía la tarde las aparecían varios claros en el horizonte. – ¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhh! – Gritaba, preso de una gran emoción.

Mahtan pensó que en su corazón siempre había habido una tormenta, pero que ninguna tormenta dura para siempre, y que, cuando se va, todas las flores lucen aún más brillantes bajo el sol. Además, su fuerte paraguas había resistido durante todo ese tiempo, y resistiría todo el que hiciera falta hasta que la Princesa de Ojos Esmeralda expulsara las nubes y colocara el Sol que iluminaría y calentaría sus corazones durante el resto de su vida.

Completamente empapado, decidió volver al refugio, se secó con con la ropa interior y se vistió con la que quedaba seca, dejando  la mojada en un pequeño rincón. Comió frutos de su bolsa y se acurrucó, pensativo, con la figura de madera en la mano..

Una cabaña en medio del bosque

Despertó con las primeras luces del amanecer. Después del día anterior, en el que todo parecía salirle al revés, había tenido una de las peores noches en muchísimo tiempo.

La cabeza no paraba de darle vueltas a un único pensamiento: “¿Había hecho bien?”. Pudo haber acabado con la guerra de una tacada, aquella noche en el castillo, asestando un golpe mortal al enemigo… un golpe que con toda seguridad le habría costado también la vida a ella… Durante años fue un precio que estuvo dispuesta a asumir, pues siempre creyó que su vida había acabado el día que salió de la aldea de los Lobos, mas, en el último momento, escuchó a su princesa interior y decidió luchar por lo que más quería en la vida.

Aunque se encontraba enormemente cansada, agradeció los primeros rayos de luz que aparecían por el este; había llegado el momento de seguir el camino aunque la situación no fuera la más apropiada para continuar con el viaje. Sus ampollas aún no habían curado y las hierbas que había utilizado para sanar sus heridas no habían surtido el efecto deseado… Tras comer los pocas bayas que quedaban en los alrededores, comenzó a caminar. Cada paso le hacía apretar los dientes un poco más, presa del dolor.

-Tengo que continuar, si no, nunca saldré de aquí.- Hablaba en voz alta para intentar animarse, aunque sus esfuerzos eran inútiles: el cansancio, el hambre y el dolor hacían imposible cualquier visión optimista de la situación.

Caminó durante largo rato, hasta que se vio incapaz de dar un paso más, así que se dejó caer bajo la sombra de un gran árbol. Estaba perdida, muerta de hambre y de sueño, y su moral se arrastraba por el suelo, persiguiendo a duras penas la pequeña sombra que le acompañaba a mediodía. La brisa alivió el calor que sentía, y, tras unos instantes, consiguió recuperar el resuello… Intentó calmarse, pero su corazón se movía aceleradamente en su pecho… la situación era complicada. Pensó en intentar acortar el camino atravesando un bosque, pero aquello solo la entristeció: no era capaz de continuar por el camino, ¿cómo podía pensar en atravesar un bosque? Con ese pensamiento, cayó en un profundo sueño.

El sueño no fue agradable, consistió en una sucesión de imágenes de difusos colores, ruidos, sentimientos y confusión, no sabía dónde se encontraba, ni cómo, pero entendía que aquello tenía algún significado, aunque no fuera capaz de descubrirlo en ese momento…

De repente, todo se calmó, se encontraba en una preciosa habitación, decorada de manera excelente, en una enorme y confortable cama. Llevaba puesto un vestido verde, con los hombros descubiertos. Se miró al espejo, era toda una princesa. Su corona plateada, con engarces de esmeraldas brillaba con los rayos de sol que entraban por la ventana.

La puerta de la habitación se abrió, y supo que tenía que bajar las escaleras. Cuando se encontraba a medio camino, comenzó a percibir un delicioso olor. Olía a venado asado; pero también reconoció un olor que hacía mucho tiempo había olvidado, aunque supo al instante qué era: sopa de cebolla…

Entonces entendió que se estaba acercando a casa… la Princesa de Ojos Esmeralda volvía a casa.

Se despertó acurrucada bajo la sombra del árbol, y abrió los ojos justo cuando el sol se ocultaba tras las montañas del oeste. Se maldijo por haberse quedado dormida, tenía varias picaduras de insectos en todo el cuerpo, pero, a la vez, se sentía reconfortada por la parte final del sueño.

Su estómago rugió, como si quisiera recordarle que llevaba vacío demasiado tiempo… Entonces se dio cuenta de que el olor del venado era real, aunque lo primero que pensó fue que se estaba volviendo loca.

Se levantó y miró hacia el bosque que tenía delante, aquél que no quiso atravesar por la mañana. Se frotó los ojos, incrédula. Una pequeña columna de humo salía de entre los árboles, probablemente de una cabaña situada en el interior… Decidió internarse siguiendo el humo… y el olor.

Consiguió ver la cabaña, y, de repente, unas manos la agarraron, le ventaron los ojos y la arrastraron…

El Sanador

La niña cayó al suelo, inerte, mientras el lobo lanzaba zarpazos y dentelladas en su pequeño cuerpo. Cuando se disponía a dar el golpe de gracia con los colmillos en la garganta, una flecha le atravesó el corazón, matando instantáneamente al lobo, que cayó al suelo tras ser alcanzado por dos flechas más…

Uno de los Lobos se llevó al pequeño niño, totalmente conmocionado, con su madre; mientras que los otros dos corrieron hacia el inmóvil cuerpo de la niña.

-¡Su respiración es muy débil! ¡Hay que hacer algo!

– Creo que no podemos hacer nada por ella. – El arquero desenfundó su daga.

– ¡Detente! ¡Llevémosla al Sanador! ¡Rápido, preparad dos caballos y un carro para transportarla! – La voz del Viejo hizo que ambos reaccionaran de inmediato; era el hombre más respetado de la aldea, el capitán de los Lobos.

No tardaron en acomodar a la niña en el carromato, con una curandera de la aldea que la asistiría durante el viaje… Su semblante estaba pálido como la nieve. El Viejo en persona dirigiría el carromato, y había una escolta de dos Lobos más. Todos estaban muy tensos, nadie quería ver a aquél al que llamaban el Sanador.

El Sanador vivía en una pequeña cabaña a unos 20 kilómetros de la aldea. Nadie sabía exactamente de dónde venía, ni qué había hecho durante su vida, pero tampoco nadie se atrevía a preguntárselo. Transmitía un halo oscuro, como si su alma estuviera podrida y corrompida por algún extraño poder maligno. Sus artes curativas no tenían comparación, pero la leyenda decía que cada vez que las usaba, ocurría algo malo para compensar a los dioses del mal; se hablaba de plagas, inundaciones, o, incluso guerras. Tampoco nadie sabía exactamente cuánto tiempo llevaba viviendo en aquella cabaña, ya que hasta los más viejos del lugar hablaban de él desde pequeños, y corría el rumor de que había vendido su alma para alcanzar la inmortalidad.

El Viejo sabía que aquella niña solo tendría una esperanza si la llevaban al Sanador, o al menos, eso esperaba, y se escudó en su rechazo a las leyendas y supersticiones para dar la orden. Sabía que nadie se opondría, pero también sabía que, de ser ciertas y ocurrir algo malo, perdería todo el respeto de la aldea.

-Una vida es una vida, hay que intentar salvar a esa niña como sea. – La niña era huérfana, y el Viejo se había encargado personalmente de su cuidado y protección, tenía la misma edad que su nieto, el hermano de Mahtan, y por eso la acogió en su familia y la quiso como a una nieta más.

Partieron hacia la cabaña del Sanador, sin saber muy bien si el precio que tendrían que pagar sería físico o espiritual…

La razón y el corazón

Se dejó caer, presa de la decepción que sentía hacia él mismo, junto a un gran tronco. La tormenta se había hecho bastante intensa, pero las ramas del árbol eran espesas y les protegían de la lluvia. Tárax seguía respirando rápidamente, intentando recuperar el resuello. La presión del jinete había sido enorme, y el caballo se había exprimido al máximo. Tras unos instantes, la bestia se acomodó junto a su dueño.

El dolor de la pierna era muy agudo, y le había costado tanto bajarse del caballo que no se creía capaz de poder volver a subir, al menos hasta que se le pasaran los calambres que sentía en los hombros.

Intentó relajarse con el sonido de la lluvia, aunque en su mente se sucedían los pensamientos de manera constante, atropelladamente. Su comportamiento había sido totalmente irracional, poniendo en peligro tanto su vida como la de Tárax, y; si hubiera llegado a la prisión, probablemente la de su hijo… en caso de que siguiera vivo. Además, seguramente desde el centro médico hubiera salido alguien en su búsqueda, y podría haber quedado atrapado en la tormenta que se había formado… Definitivamente tenía que pedir perdón por su actitud, y estaba claramente arrepentido. Luego pensó que su comportamiento le costaría un castigo ejemplar, la pérdida de control no encajaba en la disciplina militar, y, por tanto perdería algunos privilegios, principalmente su permiso. Quizás también tuviera que hacer algún trabajo de establos o letrinas…

– He perdido la oportunidad de hacer lo que más deseaba en el mundo, que era ver a mi esposa, por un ataque de pánico, Tárax. Estoy muy arrepentido, he sido un inconsciente, espero que sepas perdonarme.

El caballo emitió un pequeño gruñido, como si hubiera entendido lo que el sargento le había dicho.

¿Acaso no era su hijo un motivo suficiente como para perder el control? ¿Qué pensaría ahora su mujer? Su cerebro agolpaba las preguntas en su mente, sin que le diese tiempo a responder ninguna… Empezaba a sentirse demasiado cansado.

La tormenta remitió, abriendo paso a la oscura capa con millones de puntos brillantes, que observaba el terreno mientras las pocas nubes que quedaban dejaban caer las últimas gotas de agua.

-Tárax, te pido un último esfuerzo, debemos llegar al puesto esta misma noche, el dolor se me hace casi insoportable. – El caballo le miró, con la pena reflejada en sus oscuros ojos.

Intentó incorporarse, no sin soltar un desgarrador grito de dolor. La venda empezaba a empaparse de sangre, la herida se había vuelto a abrir; necesitaba curación si no quería que se volviera a infectar… ya había estado a punto de perder la pierna una vez, y ahora, por su falta de raciocinio, se asomaba de nuevo al abismo.

Tras varios intentos, consiguió subir al corcel. El dolor le había hecho estar a punto de desmayarse en dos ocasiones, pero había logrado reponerse… probablemente no lo lograría una tercera. Debía llegar él solo al puesto, pues la tormenta de la noche anterior había borrado las huellas del caballo, lo que hacía prácticamente imposible que le encontrasen…

Las estrellas le seguían de lejos, aunque siempre acompañando a la creciente Luna, que vigilaba la escena arropada por unas pequeñas nubes, restos de la vorágine anterior. Intentó levantar la vista, como cada noche, pero tuvo que recostarse sobre el caballo, abatido por el cansancio y el dolor, y rezar para que Tárax supiera volver al pequeño puesto fronterizo.

Tres jinetes lo interceptaron unos kilómetros más adelante, muy cerca ya del puesto fronterizo, el capitán intentó dialogar con él, pero el cansancio hizo que esta vez sí se desmayase.

Se despertó bajo la mirada del furioso capitán.

– Espero que le haya merecido la pena el viaje Vardamir, y que comprenda que una actitud así no será tolerada. La enfermera ha dicho que necesita recuperarse, le quiero en mi despacho en cuanto pueda levantar su maldito culo de la cama. ¿Está claro?

– Sí, mi capitán. – La voz era muy débil, apenas audible.

– Bien. – El capitán salió de la sala, con aire enfadado.

Había perdido todo lo que tanto le costó reunir en los últimos meses solo por una estupidez. El desánimo y la tristeza se apoderaron de él. El día gris y tormentoso era un fiel reflejo de su corazón en esos momentos.

Alguien entró en la habitación un tiempo después, y el sargento pensó que sería la hora de comer, aunque no tenía demasiada hambre.
Sin embargo, quien entró fue el soldado con el que había hablado unos días antes.

– Solo he venido a decirle que admiro su valor, Sargento, en nuestra conversación me enseñó lo importantes que son para nosotros las otras personas, y que debemos luchar por ellas tanto como nos permitan nuestras fuerzas. Hoy, sin embargo, me ha demostrado lo que está dispuesto a hacer por su hijo, ha sido capaz de intentar lo imposible por salvarle, enseñándonos el amor que siente por él. Si no fuera por su pierna, estoy seguro de que lo habría traído sano y salvo. Tengo la impresión de que no voy a dejar de aprender nunca de usted. ¡Gracias, señor!

El chico salió de la sala precipitadamente, alegando estar de guardia y buscándose un buen lío si alguien le veía. Cuando cerró la puerta, un rayo de sol se coló entre las nubes e iluminó el pecho del hombre tumbado en la cama, justo en su corazón.

Fue entonces cuando el sargento entendió que hay veces en las que hay que escuchar más al corazón que a la cabeza…

Unas horribles cicatrices

Volvió a recuperar la consciencia, presa, como las ya incontables veces en las últimas horas, de un mareo que le hacía no ser dueño de sus palabras. Supuso que sería algún tipo de veneno utilizado para interrogarle.

Cada vez que miraba hacia la causante de todo su sufrimiento, sus ojos parecían moverse hacia las partes de su cuerpo que presentaban horribles cicatrices. Cicatrices que en un pasado lejano y durante mucho tiempo fueron terribles heridas que le causaron multitud de infecciones.

Las miraba de forma automática, como si sus ojos quisieran transmitir a su cerebro dónde las había visto antes. Esas cicatrices evocaban un viejo recuerdo perdido en el tiempo, y nublado por el veneno que atenazaba su cerebro…

No era capaz de escuchar con nitidez a la mujer, y esta le golpeaba en la cara, pero él ya no sentía nada; estaba completamente envuelto en aquella sensación, contestaba a las preguntas automáticamente, sin siquiera detenerse a pensarlas; esto hacía que tampoco supiera qué había respondido exactamente, aunque todo daba igual, ya no controlaba su cuerpo, tan solo sentía la horrible sensación de que todo daba vueltas a su alrededor.

Cayó inconsciente una vez más, pero esta vez tuvo un sueño…

Era un niño y estaba jugando a pocos metros de la aldea, con un arco de madera que le había hecho su padre. – De mayor quiero ser Lobo, ¡como mi padre! – Dijo lanzando una flecha de juguete hacia una arboleda.

Se disponía a ir a recogerla cuando una niña corrió detrás de la flecha a la velocidad del rayo. Se internó en la arboleda y de repente, cuando casi había cogido la flecha, una zarpa la derribó…

La vuelta de Mahtan

Ahí estaba, delante de ese río, con un resplandor de fondo que indicaba que el amanecer era inminente, una vez más, en el sitio exacto donde había lanzado la piedra… La decisión ya estaba tomada.

Comenzó a deshacer lo andado durante los últimos dos días, y no pudo evitar mirar de nuevo hacia el lugar donde la extraña piedra azul se había hundido en el tranquilo río.

Caminó durante todo el día, y solo se detuvo al atardecer, donde volvió a encender una hoguera para cocinar la cena y a prepararse su refugio.

Cenó y caminó unos metros para deshacerse de las sobras. En mitad del camino se agachó para recoger una pequeña rama partida. Era prácticamente imposible adivinar de qué árbol había formado parte en su día, pero parecía llevar mucho tiempo en el suelo, situada en un punto muy visible del camino… como si alguien la hubiera dejado ahí a propósito.

Volvió pensativo, una vez más, hacia la hoguera con aquella rama en la mano, se sentó en una piedra junto a la cama de hojas, frente al fuego, y comenzó a tallar mientras su mente se perdía en sus propios pensamientos.

Había entendido por fin cuál era su lugar, su papel. Ese sueño le había enseñado que tenía unas obligaciones que cumplir, y que seguro que algún día podría desplegar sus alas, que continuaban encerradas en aquella prisión de metal.

Sabía ahora que su lugar estaba en la aldea, junto a su madre y su gente, y que era el encargado de liderar su grupo de Lobos. Se dio cuenta de que cuando su padre y su hermano volvieran, al igual que todos los que estaban sirviendo de uno u otro modo en el ejército, esperaban encontrar la aldea exactamente igual que cuando se fueron. Todos tenían ese sueño, y ahora era responsabilidad de Mahtan que cuando lo alcanzasen estuviera exactamente como lo anhelaban. Mahtan se maldijo por no haberse percatado antes, se sintió tremendamente egoísta.

Volvió en sí, había estado un rato tallando, y la madera empezaba a tener forma humana.

Pensó en su madre, la oyó llorar mientras se alejaba de la aldea, estaba sufriendo mucho más de lo que debería, y una gran parte de la culpa la tenía él. Volvió a maldecirse, su madre no tenía que sufrir sus decisiones mal tomadas…

– Supongo que a veces hacemos daño a las personas que queremos sin darnos cuenta con las decisiones que tomamos nosotros mismos…- La figura tenía forma de mujer.

El camino propicio

La lluvia azotaba su cara, y el viento, que le había pasado inadvertido hasta ahora, hacía que le costara un gran esfuerzo mantenerse sobre el caballo…

Reaccionó como quien despierta de un sueño, un sueño de ira que le habría llevado a una muerte más que segura. El despertar le trajo un intenso dolor en la herida, además de en los hombros, que llevaban tiempo haciendo un sobreesfuerzo para conseguir que no se cayera.

Se dio cuenta de lo cansado que estaba, y del poco sentido racional que tenía lo que estaba haciendo. Miró hacia delante, el camino era desolador: todo estaba embarrado, y la niebla hacía imposible ver nada a más de unos cuarenta metros… no sabía lo que le esperaba. Sentía la agitada respiración del corcel, y se sintió culpable por forzar a aquél animal de una forma tan desmesurada. Se bajó, acarició la cara del rocín de manera cariñosa.

– Lo siento mucho, eres muy valiente. – Se dirigió cojeando hacia un grueso árbol, con una copa muy espesa.

Se sentó, apoyado en el tronco, mientras dejaba que la bestia descansara unos minutos, pronto retomaría el camino de vuelta.

– Supongo que a veces hay que parar, y si el camino no es propicio, dar la vuelta y esperar un poco, ¿no crees, bonito?

El caballo se dejó caer, exhausto.

Dos caminos, una elección

Durante un largo rato se quedó de pie, observando fijamente el lugar exacto donde la piedra se había hundido.  Intentaba encontrar el fallo, qué parte de todo el proceso había hecho mal para que la piedra no hubiera rebotado ni una sola vez…

Se sucedieron pensamientos y sensaciones en su mente, a la piedra le siguió su madre, después su padre; también se acordó de su hermano, el mensajero, del que hacía tiempo que no tenía noticias…

-Cuando esté en el frente sabré de él.- Pensó.

Siguió dando vueltas en su cabeza a todas las situaciones que tendría que afrontar: cómo llegaría a la capital, dónde iría… y lo más importante, qué le diría al rey cuando lo tuviera delante (si es que conseguía una audiencia).

De repente, algo le sacó de sus pensamientos. La noche estaba ya bien entrada, con lo que no sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie… se giró hacia el vivac y vio cómo un lobo se comía los restos de carne que transportaba…parecía demasiado hambriento para luchar, así que en cuanto vio a Mahtan, cogió los restos de la presa con los dientes y se fue lejos de allí.

Mahtan lo dejó ir sin resistencia; después de todo estaba desarmado y ya tenía la carne del día siguiente preparada dentro del refugio, con lo que el amasijo de huesos que el lobo había robado no servía más que para atraer a cientos de bestias nocturnas.

Se acercó con cuidado, por si había algún animal más en los alrededores. Llegó al vivac, encendió una hoguera y se acostó, pensando en el camino del día siguiente…

Supuestamente, si seguía el río llegaría a la capital, aunque era incapaz de decir en cuántos días; sin embargo, aquél no era el mayor de sus problemas, ya que estaría provisto constantemente de agua y carne de los animales que se fueran acercando al río. Así, mientras intentaba averiguar dónde estaba, se quedó dormido en un profundo sueño…

Caminaba por un campo bañado en una espesa niebla, el terreno estaba cubierto de barro, y hacía del viaje una penosa caminata en la que cada paso costaba cada vez más.

Uno de los pasos hizo que se hundiera en un charco. Mientras una fuerza le arrastraba hacia el fondo, Mahtan hacía lo imposible por salir a flote; la ropa, ahora mojada, no ayudaba en absoluto. Tuvo que desprenderse del cinturón, donde colgaba la espada, del arco, las botas, el pantalón y la capa, que se hundieron en el agua.

Entonces una mano tiró de la suya, arrastrándolo fuera de aquella trampa, y dejándolo de nuevo sobre el lodo, prácticamente desnudo.

Era una figura humana, muy anciana, que le resultaba extrañamente familiar.

– Es una época de sacrificios, Mahtan. Tendrás que hacer sacrificios si quieres que todo vuelva a ser como antes. Recuerda que cada cual tiene su lugar, que es donde debe estar; no se pueden cambiar las cosas de esa forma. – Mahtan la miraba, incapaz de hablar. -Todo es un ciclo, todo volverá a ser como antes… encontrarás la luz.

La figura se retiró volando hacia el cielo y, cuando llegó, una luz muy intensa le cegó.

Abrió los ojos, ya había amanecido. Calentó agua y se hizo un amargo té de hierbas; no paraba de pensar en el sueño… Cuando lo tuvo todo recogido supo que había llegado el momento de elegir el camino…

Los caprichos de los dioses

Se despertó justo cuando la enfermera estaba terminando el vendaje, el dolor había remitido, y un olor que reconoció como el de un tipo de hierba curativa que usaba su mujer impregnaba la fría sala.

Espero que haya descansado, sargento, la herida ya está mucho mejor, seguramente mañana pueda cabalgar a casa. Ya me han dicho que tiene un mes de permiso.

– Así es. – Respondió con aire ausente, preguntándose cuánto tiempo había dormido. Lo cierto era que se encontraba mucho mejor. – ¿Qué ha sido del príncipe…? – Intentó asomarse por la ventana.

– El príncipe partió ayer a la capital, un mensajero trajo noticias sobre un soldado, apellidado Vardamir, que había sido capturado. Así que se fue de urgencia a ver a su padre para tratar el asunto. En cuanto al caballo, no se preocupe, no tenemos los mejores establos del mundo, pero Tárax está bien cuidado…

– ¿Vardamir has dicho?

– Sí, creo que era un mensajero, ¿por qué?

– Soy el sargento Vardamir, ese hombre es mi hijo…

La cara de la mujer se tornó alarmantemente roja.

– L…l… lo siento, señor, no tenía ni idea…

El sargento se incorporó, pero un dolor agudo le hizo volver a recostarse…

– ¿Sabes algo más?

– El mensaje era secreto para el príncipe, señor, no obstante, en la fortaleza se comenta que fue trasladado a la Prisión… Siento darle estas noticias, sargento.

Nadie del reino conocía la Prisión, pero todo el mundo había oído historias. Historias de experimentos y torturas que hacían confesar hasta al más fiel de los soldados. El sargento se derrumbó…

Tras unos instantes de llanto y maldiciones a los dioses bajó de su camilla y con un intenso dolor que casi hizo que se cayera de bruces al suelo, cogió su espada, corrió hacia los establos y montó a Tárax, tomando rumbo sur y azuzando al caballo para que galopase con la mayor celeridad posible…

Nadie reaccionó a tiempo para detenerlo, el sargento cabalgaba ciego de ira, maldiciendo una y otra vez, con violentos gritos. Estaba fuera de sí…

Un día para ella

No habría sido capaz de decir cuánto tiempo había dormido hasta que vio que el sol le indicaba que estaba cerca de ser mediodía. Estiró sus agarrotados músculos y se dispuso a salir de la cueva, recoger algunas hierbas para curarse las heridas, darse un baño y, si había suerte, cazar algo para comer.

Tomó unas ramas y con gran destreza fabricó una pequeña trampa. Dejándola cerca de la cueva, se dirigió al lago para tomar algunos de los frutos de aquellos arbustos. Una vez estuvo saciada, se desnudó y bañó en aquellas aguas tan cristalinas, relajándose una vez más.

Cuando salió, decidió curar sus heridas y tallar una figura con su daga. De vez en cuando echaba un vistazo a la pequeña trampa, solo para volver decepcionada por ver que no había funcionado.

Un ciervo se acercó a beber al lago, a escasos metros de la ubicación de la cueva. Silenciosamente cargó una flecha en el arco que le había dado el mensajero el día anterior. Apuntó a la cabeza, tal y como había aprendido hacía tanto tiempo. Soltó la flecha y esta impactó a su objetivo, justo encima de una de las patas delanteras. La presa había sido herida, pero el impacto no fue suficientemente certero para abatirla, y el ciervo huyó del lugar cojeando.

La muchacha se resignó, albergando todavía esperanza para comprobar el estado de la trampa una vez más. De nuevo estaba vacía, las hierbas que había de cebo no habían llamado la atención de ningún animal. Así que sin nada consistente que llevarse a la boca, volvió a la cueva, para terminar de tallar la figura que representaba a Mahtan tal y como se lo imaginaba. Un despiste, sin embargo, hizo que uno de los cortes no fuera preciso, y lo que iba a ser el brazo derecho del Lobo se partió, dejando la figura inservible.

Una lágrima corrió por su mejilla, atrás había quedado aquella mujer con máscara de hielo, impasible ante la adversidad.

– Supongo que hoy no es mi día…

Esperó a que anocheciera y volvió a encender un fuego, dejándose caer, aún más derrotada que el día anterior, en su humilde cama de hojas y ramas…

Una extraña mujer

Su mente estaba llena de recuerdos y sensaciones confusos… Sentía dolor, en el hombro y la nariz, pero también recordaba fragmentos de conversaciones que no había sido capaz de interpretar. Su cara sudaba apretada contra la crin del caballo que le transportaba.

Levantó la cabeza y vio dos caballos delante de él cuyos jinetes eran, a juzgar por los arcos que llevaban en la espalda, los arqueros que le habían capturado… Volvió a desfallecer presa del cansancio y el dolor.

Una intensa pesadilla le despertó, entonces se dio cuenta de que no era una pesadilla, sino la recreación de lo que había pasado no sabía cuánto tiempo antes… volvió a dormir, extasiado.

Recobró la consciencia cuando le bajaron del caballo, sentía una sed espantosa, pero no dijo nada. No era capaz de saber cuánto tiempo había estado viajando…

Dos patadas le sacaron de sus pensamientos, a la vez que escupía sangre y uno de los rudimentarios tapones que detenían la hemorragia de su nariz caía al suelo.

– Llevadlo con la doctora. – Un golpe en la cabeza hizo que volviera desmayarse.

Abrió los ojos, aún confuso y se encontraba atado sobre una tabla dispuesta verticalmente, suspendida en el aire mediante una cadena. Tenía los brazos en cruz y las heridas vendadas… al parecer le querían en mejores condiciones de las que él creía.

Una mujer de misteriosa belleza preparaba un ungüento mientras reía con malicia.

– Vamos a ver quién eres y de qué estás hecho, soldadito.

El mensajero se resignó al darse cuenta de lo que le esperaba, e intentó afrontarlo con valor y orgullo. Sabía que lo iba a pasar muy mal. Pensó en Mahtan y en la Princesa, esperando que se encontrasen algún día y rezó a los dioses deseando que la bendición de la muerte llegara pronto para él mismo.

Bajó la cabeza y suspiró…

La piedra azul

Dos noches antes tuvo que hacer un enorme esfuerzo por no volver a abrazar a su madre antes de salir… sabía que debía tener la determinación de irse sin más dramatismo.

 Durante esos dos días la añoranza se unió al grupo de sentimientos que azotaban su mente.  Al poco tiempo de salir de la aldea, encontró una pequeña piedra que llamó poderosamente su atención: era una piedra azul, de unos dos centímetros de grosor y con una forma un poco ovalada, pero casi esférica. Inmediatamente la cogió.

Recordó cuando era niño y se acercaba al lago junto a la aldea, le gustaba tirar piedras al agua, intentando que dieran el mayor número de saltos posibles antes de frenarse y hundirse para siempre en las profundidades. Guardó la piedra en el bolsillo, pero sin saber muy bien por qué, cada vez que se daba cuenta la tenía en sus manos, frotándola suavemente con los dedos, limpiándola de polvo, como intentando pulirla.

Cada vez que se percataba del gesto, la metía en el bolsillo, solo para volver a encontrársela entre sus juguetones dedos al poco tiempo.

– ¡Qué curioso! – Pensó.

Esa misma noche, consiguió abatir una pieza con su arco, lo que le proporcionó una cena consistente después de todo el día de raciones de pan de cereales. También había sido previsor y portaba así unos frascos que contenían el ungüento utilizado para hacer que la carne se mantuviera algunos días, con lo que no tendría problemas de comida hasta llegar a la capital.

– El problema será el agua.- Pensó.

La zona estaba muy seca, y no conocía ningún arroyo por la zona. Hasta el día siguiente no podría encontrar un punto donde llenar sus frascos de agua. Con una mueca que manifestaba lo desagradable que le estaba resultando la operación, llenó una de las vasijas con la sangre de su presa; esperando no tener que utilizarla durante el día siguiente.

Y así había sido, desde el amanecer hasta el final de la jornada había caminado buscando desesperadamente un punto donde rellenar sus vasijas y calmar su sed; mientras tanto la piedra, ya totalmente limpia, seguía deslizándose por sus ágiles dedos…

El camino, a pesar de ser llano, se hacía largo y aburrido. Además, no podía evitar que todos sus pensamientos, sentimientos y preocupaciones se apoderaran de él, haciéndole evadirse durante un tiempo y tendiendo a desviarse de la ruta, con lo que tardaría más tiempo del que había previsto en llegar a su destino.

Mientras deambulaba absorto en la tristeza y el llanto de su madre, llegó a un amplio río. Era muy caudaloso y ancho, aunque de aguas muy tranquilas. Le sorprendió el hecho de desconocerlo por completo, y se preguntó cuánto se había desviado de su camino… La piedra azul estaba en sus manos.

Siguiendo el cauce durante unos metros, encontró un lugar propicio para encender un fuego, cocinarse la cena y pasar la noche. También existía la posibilidad de darse un baño, lo cual contribuyó a subir su mermada moral.

Preparó todo lo necesario y se metió en el agua, con la piedra entre sus manos una vez más; había estado preparándola inconscientemente durante dos días para hacerla volar sobre el agua del río.

Cenó, disfrutando del momento de tranquilidad y jugueteando con la piedra, estaba seguro de que daría muchos saltos cuando la lanzara. Dejó todo preparado para acostarse en un improvisado vivac y se dirigió al río con la piedra.

Pensó en las que había tirado a lo largo de su vida. Algunas dieron dos saltos, otras tres, otras solo uno… Nunca se puede saber cuántos saltos dará una piedra antes de tirarla. Esta parecía perfecta, tenía las medidas más apropiadas, y había estado preparándola durante mucho tiempo. Sonrió. Estaba ansioso por saber hasta donde llegaría.

Tomo impulso con el brazo y liberó por fin aquel fragmento azul que le había acompañado todo ese tiempo…

La piedra se hundió en el primer contacto con el agua.

En la enfermería

Asintió hacia aquel hombre con la cabeza, cerrando los ojos, y dio media vuelta para entrar a la enfermería.

En seguida se le proporcionaron unas muletas de madera con las que caminó hasta una pequeña silla donde debía esperar hasta que le asignaran una cama.
Desafortunadamente, en aquel sector no había mucha actividad, por lo que los servicios en la enfermería del pequeño fortín eran muy limitados; la mayor concentración de curanderos y medicinas se encontraba unos kilómetros más al noroeste, en un campamento cerca del frente.
A pesar de ello, había algunas aprendices que no habían acabado su turno, y el sargento pudo ser trasladado a una sala habilitada para las curas de ese tipo de heridas. Por el camino se cruzaron con varios soldados heridos, algunos de ellos mutilados, que mostraban en sus rostros los horrores que habían sufrido; el padre de Mahtan sintió una gran pena, y notó como la alegría de volver a casa se cubría bajo una nube negra, llenándose de tristeza e impotencia. 
Llegó por fin a la puerta de la sala, donde le esperaba una joven curandera, le pidió que se sentara en la precaria camilla y rajó el pantalón con un cuchillo, dejando ver la tremenda herida, infectada y aún sangrante.
– Parece que se ha infectado… esto le va a doler, sargento, y puede que no vuelva a caminar en unos días… La buena noticia es que lo vamos a curar a tiempo. – La forzada sonrisa de la sanadora animó al soldado, que se preparó para aguantar el dolor, creando un habitáculo en su mente donde pensaría en su amada esposa.
No quiso mirar la operación, se tumbó en la camilla intentando abstraerse, mientras sentía un dolor casi insoportable en el muslo; su cuerpo sudaba enormemente y, de repente, un chorro de sangre salpicó a la enfermera, acompañado de un dolor tan intenso que el soldado se desmayó…

Un contorno borroso

Sus ojos le siguieron hasta que entró en la casa, empañándose de lágrimas cada vez más.

Siempre había sabido que este momento llegaría, y había dedicado las últimas semanas a prepararse para recibir el golpe…

Al parecer no había sido suficiente.

Cuando Mahtan volvió a casa, sus ojos estaban tan empañados, que apenas pudo distinguir un negro contorno fundiéndose con el oscuro fondo que era la casa. Fue entonces cuando su corazón acabó de sucumbir ante la situación; se derrumbó liberando todas las lágrimas que había mantenido entre los párpados hasta aquel momento.

Ya no quedaba nada de la llama que una vez había iluminado no solo su corazón, sino el de todo el mundo que se encontraba con ella; ahora era una pequeña chispa de esperanza en medio de una tonelada de tristes cenizas. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas, se vació completamente, sabía que solo así, deshaciéndose de todo, reuniría algún día el coraje para soplar de nuevo sobre esa chispa y avivar el fuego que ya no calentaba su alma.

No vio a Mahtan partir, no se sintió preparada para ello. Allí se quedó, de rodillas, inmóvil, como un cuerpo exánime que esperaba que saliera el sol para poder reactivarse.

El amanecer dio la bienvenida a un día gris, un día en el que el sol no brillaría tanto, la hierba no sería tan verde como siempre, y el agua estaría enturbiada durante mucho tiempo. Se incorporó, había trabajo que hacer: una aldea entera le necesitaba. Lavó su cara en el río y se dispuso a sus quehaceres matutinos, visitando a los vecinos enfermos.

Siempre recibía elogios de todo el mundo, admirando su capacidad de sobreponerse a la adversidad. Esto no hacía más que reafirmar su teoría: a veces las personas más alegres en la adversidad son las que necesitan con mayor urgencia un abrazo.

Salió de la última casa; pensó en Mahtan, en su marido y en su otro hijo. Una lágrima sin brillo intentó resbalar por su mejilla, pero la detuvo a tiempo, secándola con la mano. Todo se tornaba gris, aunque aún quedaba una chispa naranja oculta entre tanta ceniza…

El lago

Continuaba su largo y penoso camino hacia el norte, hacia su tierra natal. El territorio, completamente virgen, era de una belleza impresionante. Dos interminables cadenas montañosas se entrelazaban en ese lugar para formar un precioso valle, con un lago de aguas cristalinas en el centro. La noche sería clara y el cielo estaría completamente despejado, dejando miles de puntos brillantes en su oscuro manto.

– Será mejor que busque un refugio para pasar la noche.- Se dijo para sí misma. El sol se estaba ocultando, anunciando el final de un largo y triste día…

Encontró una pequeña cueva natural, donde poder encender una hoguera. Cortó unas ramas con su daga y preparó un precario catre cubierto de hojas. Debía encender un fuego para alejar a las posibles bestias de la noche. Observó el precioso lago, que había dejado de reflejar el sol y vio cómo algunos animales se acercaban a la charca a beber desde la otra orilla.

– Al menos los depredadores no estarán a este lado …- Pero tampoco podría cazar para saciar su vacío estómago.

Fue en este momento de tranquilidad cuando se dio cuenta de lo cansada que estaba. Tenía cortes en las piernas, el pelo enmarañado y ampollas en las plantas de los pies. Necesitaba urgentemente un descanso, además, su estómago rugía pidiendo algo que echaba de menos desde hacía muchas horas.

Con gran esfuerzo, se acercó al agua. Encontró algunos frutos que hacía años que no veía, lo que le trajo una gran nostalgia. Sació su sed por completo, y consiguió engañar a su feroz estómago por unas horas más, así que se dirigió a su pequeño refugio. Todos sus pensamientos se nublaban, presa del cansancio, mientras volvía.

Encendió una pequeña hoguera, con unas hojas secas y algunas ramas y se dejó caer en su nueva cama… Observó la luna una vez más y cerró los ojos.

La partida de Mahtan

La silueta, bajo el resquicio de Luna creciente, era inconfundible. Se dirigió hacia ella.

– Padre volverá pronto…

– Mahtan, espero que no hayas venido a decirme lo que creo que vienes a decirme…

– Estoy enjaulado, sabes que no aguanto más.

– ¡Es una locura!

Durante unos minutos, siguieron paseando bajo la luz de la Luna, abrigados por el manto que les proporcionaban las estrellas en aquella noche despejada.

De pronto, la bella mujer se detuvo, miró a su hijo a los ojos, y se derrumbó en un mar de lágrimas mientras le abrazaba. El gesto fue correspondido por Mahtan.

– Hijo mío, no ver a tu padre está acabando conmigo, pero no podría soportar no ver a mis hijos; eres el pilar que me mantiene de pie en estos días… Pero, por otro lado, sé que aquí no eres feliz, debes encontrar tu camino, debes alcanzar tus sueños y luchar por lo que llevas esperando tener toda la vida…

– Madre… – las lágrimas brillaban bajo la luz de las estrellas. – Entiendo tus palabras, pero ahora mismo mi corazón me empuja a salir, y sentiré la desdicha mientras no cumpla lo que me pide… Estarás con padre, disfrutaréis de la vida, traeré a mi hermano de vuelta… y volveré con ella también. Te juro que volveremos a estar todos juntos y que esta maldita guerra se acabará de una vez por todas.

– Todos debemos hacer lo que nos dice el corazón, Mahtan, pero tu partida será una larga sombra en mi corazón, por favor, prométeme que volverás. – Besó la frente de su hijo.

– Primero traeré a padre, y luego cumpliré mi deseo y volveré. Cuida de la aldea, sé que ahora es lo único que te hace feliz.

– Mahtan… – no pudo terminar la frase, cayó de rodillas bajo un enorme pesar, las lágrimas cubrían sus mejillas por completo.

El joven ayudó a su madre a incorporarse, le dio un profundo abrazo, besó su frente y se dirigió a la casa, a preparar su escaso equipaje.

Preparó lo mínimo necesario, tomó también el viejo arco, que entregaría a su padre cuando le viera, y la espada que éste le regaló cuando se convirtió en Lobo.

Abandonó la aldea de noche, solo y sin rumbo fijo, la único que sabía era que quería ir al sur, llegar a la capital y negociar el cambio de servicio de su padre por el suyo propio…


*Fin de los relatos por unos días. Me voy de vacaciones dos semanas. ¡Gracias por vuestro apoyo! En agosto volveremos con más aventuras.

Un saludo y feliz verano.

El Bosque

Entendió el mensaje a la perfección, sin ningún tipo de dudas; y allí dejó al mensajero, enfrentándose a su destino, mientras trataba de ocultarse en el bosque.

Habían pasado unos minutos y ya se encontraba suficientemente lejos de la zona de conflicto. En caso de que la hubieran visto, les sería prácticamente imposible seguirla, pues el bosque era denso y no había dejado huellas visibles.

Pensó en el hermano de Mahtan y lloró por él. Si hubiera salido victorioso del combate, ya habría tenido noticias suyas, pero no era así. Varios pensamientos rondaron su cabeza, y se acordó del momento en el que estaba frente a la puerta del comedor, en aquel oscuro castillo, justo ante la oportunidad que había esperado todos esos años. Sonrió al recordar cómo y por qué había huido, derritiendo su máscara helada para siempre.

Entonces, a pesar de la enorme tristeza que sentía por el mensajero, sintió una sensación que no había experimentado en toda su vida; al principio se preguntó qué sería, luego descubrió lo que era. Paz espiritual. Por fin había sido capaz de superar el odio que había oscurecido su vida, había elegido el camino del amor, el camino de encontrar a su héroe, Mahtan Vardamir. Por primera vez florecieron en su corazón esos sentimientos que se había empeñado en enterrar durante tanto tiempo…

Allí se vio, frente a aquel viejo roble, y se dio cuenta de que jamás volvería a dudar… Estaba en el camino correcto.

Viejas tradiciones

En la cocina había preparado un trozo de pan de cereales y una vasija con té de frutas. Sonrió, alguien se había dado cuenta de que la noche anterior se había bebido unos cuantos vinos.

Cogió el viejo sombrero de cuero, un regalo de su abuelo, el Viejo, para protegerse del sol y salió a la calle con una taza colmada y la mitad del pan.
El día era importante, dos días antes habían llegado de cacería y el reparto se atrasó un día debido a la fiesta de Mahtan, así que era la hora de repartir la carne entre los hambrientos habitantes. Un grupo de madres, lideradas por la madre de Mahtan, eran las encargadas de realizar el reparto.
En la aldea de los Lobos, decían que las madres eran seres angelicales, incapaces de concebir el mal; habían sido designadas por los dioses para bendecir a la aldea con una nueva vida, que podría ser en un futuro otra madre que continuara el círculo. Si lo que traía era un niño, éste podría dedicarse a la caza, convertirse en un Lobo; o bien realizar trabajos igual de importantes en la aldea. Así pues, las madres eran tratadas con honores y respeto.
Nadie rechistaba lo más mínimo su ración de carne, todo el mundo asumía que se distribuía de la forma más equitativa posible, a tenor de las necesidades de cada familia. Era aceptado que el grupo de madres haría un reparto justo.
A Mahtan le gustaba ponerse a las órdenes de la comitiva y cortar la carne según sus indicaciones. Era una tarea que hacía voluntariamente, nadie se la había pedido nunca. De hecho, la gente le pedía que descansara tras las largas cacerías, decían que ya había gente designada a esa tarea. Pero a Mahtan no le importaba, le gustaba ayudar a la gente, verla sonreír sabiendo que comerían un plato de carne consistente durante unos días.
Algunos niños siempre se acercaban a saludarle, y él estaba encantado de enseñarles a cortar la carne, o de contarles las mejores técnicas de tiro con arco para cazar las mayores piezas. Los niños siempre le pedían a Mahtan que les enseñase a tirar con el viejo arco, pero éste siempre se negaba diciéndoles que cuando tuvieran la edad, podrían empezar su entrenamiento, y que él se encargaría personalmente de sus progresos.
Aquello siempre le hacía recordar la primera vez que fue de cacería con su abuelo, y siempre les contaba la historia a los niños, que sonreían ilusionados.
Cuando ya todo el mundo estuvo servido y las madres se retiraron a descansar, Mahtan se dirigió a la sastrería, atendida por una buena y vieja amiga.
– Eres un desastre Mahtan, siempre rompes las chaquetas por el mismo sitio, ¿tanto te cuesta poner las fundas que te di?
– Necesito la mayor libertad posible para disparar con el arco, aunque esta vez, fue un lobo el que me sorprendió por la espalda y tuve que tirarme al suelo para evitarlo, lo siento.
– Estaba de broma, dame un beso, me alegro de que estés bien. – La fornida mujer apretó a Mahtan hasta dejarle sin respiración. – Parece que has retomado el color, estabas un poco pálido cuando llegaste hace dos días.
– Demasiadas preocupaciones y preguntas sin respuesta, supongo, pero estar aquí enciende la llama de mi corazón.
– No digas tonterías Mahtan, tienes toda la vida por delante, sabes que tu momento llegará.
– Espero que tengas razón, ¿no me ofreces una taza de té? Tengo una resaca espantosa.
– Nunca cambiarás.- Dijo con una carcajada. – Cuando me enteré de que habíais terminado el reparto, puse a hervir agua, pasa…
Conversaron durante largo rato, era algo que a Mahtan le encantaba, cada vez que volvía de cacería solía pasar unas horas con su amiga y, aunque últimamente, el tiempo que dedicaban a las charlas era menor, Mahtan dudaba que hubiera una persona que le conociera más que ella.
– Antes de lo que crees, volveré con un nuevo destrozo. -Salió de la sastrería con las ropas como nuevas, sonriendo al pronunciar las palabras.
– Siempre es una buena noticia que vuelvas. – Las mejillas, ya de por sí rojas de la mujer, parecían arder mientras se despedía.
Se dirigió tranquilamente, paseando, al granero, esperaba encontrar a su madre en su paseo nocturno. Esa noche la acompañaría bajo la luz de la Luna…

El velo negro

El corazón empezó a latir a la misma velocidad que su cerebro planeaba posibles estrategias… Seis arqueros enemigos eran demasiados, además, sabían dónde estaba.

Por fin decidió lo que haría, sin mirar al bosque, corrió hasta unas rocas cercanas, justo en la dirección contraria a la Princesa Esmeralda, rezando a los dioses por que no hiciera ningún movimiento ni sonido que la delatara. Ella lo entendió al instante y se adentró sigilosa en el bosque mientras una lágrima corría por su mejilla.

Debía correr tan rápido como le permitieran sus piernas, era la única oportunidad que tendría de cubrirse y poder presentar un combate cuerpo a cuerpo… contra seis enemigos. Se oyó una risa y un segundo después sintió un profundo dolor en un hombro, había sido alcanzado. Cayó inmediatamente al suelo, justo al lado de su espada, incapaz de mantener el equilibrio. El dolor era insoportable. Por un momento se maldijo a sí mismo, y se arrastró hacia la empuñadura de plata, dispuesto a acabar con su vida. Entendió perfectamente por qué esa flecha no lo mató… le querían vivo. Hizo un último esfuerzo por llegar hasta el afilado acero, por evitarse el sufrimiento que ahora le esperaba, una vida de tortura y dolor. Se derrumbó espiritualmente, llorando, alargó la mano hacia la empuñadura, la agarró… pero no pudo levantarla, una patada en el costado le dejó sin respiración. El sabor a tierra y a sangre inundó su boca, mientras intentaba recuperar el aliento. Otra patada le dejó completamente incapaz de moverse.

Unas manos fuertes le levantaron por los hombros, el dolor de la herida hizo que estuviera a punto de desmayarse, pero no tuvo esa suerte… sintió cómo su nariz crujía al ser golpeada por unos guantes de malla.

Por fin dejó de sentir el dolor de los golpes, y solo un pensamiento ocupó su mente… debía guardar un rincón de esperanza en su corazón, rezó a los dioses por que la Princesa se salvara.

Con ese pensamiento, un velo negro se apoderó de él, se desmayó con una única esperanza…

Sargento Vardamir

Caminaba, con ayuda de dos hombres, hacia la enfermería. Por primera vez era consciente de la gravedad de la herida del muslo. Un dolor agudo recorría su pierna cada vez que daba un pequeño paso. En uno de los pasillos se encontró a un guardia con gesto triste y desanimado.

– ¿Qué ocurre?- El interpelado levantó la cabeza y dirigió su mirada directamente al pecho del interlocutor. 
– ¿Señor? – Todo soldado llevaba en el pecho un símbolo que denotaba su rango, así eran fácilmente identificables dentro de los cuarteles. Cuando salían al campo de batalla, el símbolo era cubierto, para que el enemigo no pudiera identificar los altos mandos y dirigir los ataques contra ellos; en esta ocasión, el sargento Vardamir no llevaba el símbolo, pues lo había arrancado de su uniforme varios días antes, cuando vio el campamento base totalmente destrozado, presa de la impotencia y la rabia.
– No busques mi rango, ahora estamos hablando de hombre a hombre. ¿Qué te ocurre? – Una sonrisa intentó relajar la conversación.
– S… señor… no sé qué decir… 
– He dicho que estamos hablando de hombre a hombre, olvida la disciplina militar, di lo que tienes que decir. – El sargento le tocó en el hombro. – ¿Qué te tiene tan apenado?
– Es esta maldita guerra, creo que nunca va a terminar, no importa lo que hagamos, cada vez golpea uno, y al final estamos más cansados y más desanimados.
– Mira a tu alrededor, toda esta gente tiene el mismo pesar que tienes tú. Pero hemos de pensar que algún día terminará, y que queremos estar ese día para celebrarlo, abrazándonos como hermanos. Todo tiene un final, querido amigo; y éste llega cuando tiene que llegar, ni antes, ni después. Dura el tiempo necesario. Nos ha tocado tener que aprender a vivir con esta guerra. ¿De dónde eres?
– De una pequeña aldea al sur de la capital, señ… – Dejó la frase a medio. – Acabo de volver de mi permiso de 4 semanas.
– Te entiendo, yo tengo ahora mi permiso, después de un largo tiempo, por fin podré volver a ver a la gente que quiero, y es por eso por lo que he luchado, sin importar  el esfuerzo que tuviera que derrochar. He luchado por vivir lo suficiente para volver a ver a mi familia, y eso es lo que debes hacer tú. Lucha por que llegue el día en el que puedas hacer lo que quieras, pero no te desanimes si no llega cuando quieres, debes pensar que llegará cuando tenga que llegar.
– Tienes razón, gracias. ¿Cuál es tu nombre? – El tono de tristeza de su rostro se transformó en un gesto serio, pero dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa. 
– Mi nombre no importa, quédate con las palabras, amigo. – Dio un golpe en su hombro y metió algo en el bolsillo del uniforme del soldado. – Espero que vuelvas a ganarte un permiso lo antes posible. Hasta pronto.
Continuó por el pasillo, ayudado por sus dos asistentes. Cuando estaba a punto de entrar en la enfermería oyó un: “¡Gracias Sargento Vardamir, nunca olvidaré esta conversación, señor!”. En su bolsillo encontró el símbolo que denotaba el rango del padre de Mahtan. Acababa de comprender que todos los hombres eran iguales, no importaba el rango, todos luchaban por un sueño, y solo si acababa esa guerra podrían alcanzarlo. 
Ya nunca más hubo desánimo en su corazón, solo el empuje de seguir adelante en la adversidad.
 

La vida continúa

Se despertó y fue a la cocina, atraído por el particular olor a sopa de cebolla, pero, de nuevo, la aldea parecía estar vacía…

-¿Otra fiesta? – Se asomó por la ventana y vio que todo el mundo se arremolinaba en la puerta de la empalizada… así que se dirigió allí tan rápido como pudo.

Cuando llegó, la gente le miraba y se apartaba, dejándole ver quiénes eran los visitantes, el pan que momentos antes había cogido para desayunar cayó al suelo…

No se lo podía creer, ahí estaban las tres personas que faltaban en su vida. Su padre, su hermano, montado en Tárax, el Corcel Negro y… la habría reconocido en cualquier parte, en cualquier situación. Por fin estaba allí su Princesa Esmeralda. El soldado y el mensajero le miraban fijamente, con una leve sonrisa de orgullo, de satisfacción por volver a casa; pero la princesa ocultaba la mitad de su rostro bajo una capucha, dejando ver tan solo su preciosa nariz y su boca, con un gesto helado.

Se acercó lentamente, abrazó y besó a su padre y a su hermano, pronto les preguntaría cómo se las habían apañado para haber llegado, y sobre todo, cómo habían conseguido hacerlo juntos… Pero se encontraba delante de su sueño, de lo que había estado esperando toda la vida. Caminó hacia ella, dos pasos, tres, cuatro… no era el dueño de su cuerpo, era su corazón el que actuaba, se dejó llevar. Ella permanecía inmóvil.

Cuando estuvo a la suficiente distancia, con inmenso cuidado retiró hacia atrás la capucha, liberando su negra melena lisa que se movía con el viento de la mañana, dejando un aroma afrutado.

Justo entonces la miró a los ojos; sus pupilas se contrajeron por el contraste de luz, dejando al verde iris lucir en todo su esplendor, ella le miró, y no hizo falta decir nada más.

Deslizó sus manos a través del suave cuello de la princesa, hasta que los pulgares acariciaron sus mejillas… y entonces sus labios se fundieron en un beso. Un precioso beso, bajo el sol de la mañana; un beso que significaba tantas cosas que ninguno de los dos las hubiera podido describir nunca. Parecía que el tiempo se hubiese detenido.

De repente, la gente empezó a aplaudir, pero, poco a poco se fue transformando en un sonido más conocido… sí, era el peculiar sonido de alboroto de los días de reparto de cacería…
Abrió los ojos, le dolía enormemente la cabeza, estaba en su cama… al parecer la noche anterior había sido dura.

Pronto se percató de que todo había sido un sueño; mas no hubo pena en su corazón, sino una ligera sonrisa en su cara. Estaba aún más seguro de que ese día llegaría…

Con enorme esfuerzo se levantó de la cama, tomó algo de pan de desayuno y se puso en marcha, había mucho que hacer…

La vida continuaba y la meta estaba más cerca…

Un rayo de esperanza en la tormenta

La lluvia seguía azotando con violencia su cara, impidiéndole mantener los ojos abiertos. El viento movía su capa empapada, estaba helado de frío, tenía una flecha clavada en su muslo, se encontraba en medio de la tormenta más intensa que había visto en su vida; todavía no había asimilado el haberse librado de esa muerte segura, un final al que había mirado a los ojos, dispuesto a enfrentarse a él con honor… pero al final, silbó…

Nada de todo lo que ocurría físicamente en su cuerpo le afectaba, casi ni era consciente del dolor, tan solo sentía la llama de su corazón, que brillaba y calentaba con más fuerza cuanto más se aproximaban al puesto fronterizo. Se había convertido en un héroe impertérrito ante la adversidad.

Detrás de él estaba el príncipe, con la cara completamente blanca, cubierta por una capucha empapada; todavía no era capaz de asimilar lo que había ocurrido, en un momento estuvo tentado de decirle a su compañero que atravesara su nuca con la espada, dándole una muerte más digna que un flechazo desde la distancia, y al siguiente se encontraba cabalgando sano y salvo hacia un puesto fronterizo. Creyó que era todo una ilusión e intentó hacer un esfuerzo por salir de ella, como quien es consciente de que está en un sueño e intenta despertar. No pasó nada… seguía montado en aquel caballo… con su rostro tan pálido como el de un muerto. Parecía haber envejecido treinta años en diez segundos.

Era imposible saber en qué dirección cabalgaban, el manto de agua lo cubría todo y el viento no les dejaba prácticamente abrir los ojos. No obstante, aquello no importaba, quien les llevaba era Tárax, el Corcel Negro, la mejor montura que había en todo el reino.

Tárax conocía perfectamente el camino, lo había hecho cientos de veces y sabía perfectamente quién era su jinete, le había amaestrado cuando tan solo era un pequeño potro.

Poco a poco la tormenta iba remitiendo, y por fin llegaron al paso de las montañas. Una flecha se clavó en el suelo junto a una de las patas del caballo, indicando que, si querían pasar debían conocer la contraseña; si no, serían acribillados.

– ¿Es que no sois capaces de reconocer a vuestro príncipe? – La voz del hijo del rey hacía adivinar que se encontraba realmente molesto y cansado. – Cabalgamos uno de vuestros caballos, ¡abrid las malditas puertas!

Otra flecha cayó y se clavó cerca del príncipe.

– ¡Maldita sea! – Bajó del caballo y se quitó la capa, dejando relucir la armadura real. Inmediatamente la puerta se abrió, dejando ver al capitán de la guardia a 10 de sus hombres con sus arcos apuntándoles directamente.

– ¡Bajad las armas, es el príncipe! ¡Diablos, majestad! ¿Cómo sobrevivísteis?

– Hay cosas más importantes en las que pensar, mi compañero y yo debemos descansar, mañana viajaré a entrevistarme con mi padre. Dadle a este hombre un mes de descanso, se ha ganado el ver a su familia.
Procuradnos una cama y cuidados médicos, ¡y sacadle esa maldita flecha de la pierna!

La puerta se cerraba tras ellos. Ahora que todo había terminado empezó a ser consciente de lo cansado que estaba y de lo que le dolía la herida de la pierna. Pero nada importaba. Tenía un mes de permiso, y al día siguiente partiría sin demora a ver a su amada esposa. Una lágrima resbaló por su mejilla, no podía creerlo, volvería a tenerla entre sus brazos…

Miró la Luna por el último resquicio de la puerta y se dirigió a la enfermería… más contento que nunca en los últimos meses.

Esmeralda

Había caminado durante toda la noche, haciendo incluso una ruta más larga, para fingir haberse perdido y hacer que sus perseguidores se despistaran. Estaba agotada, pero aún así conservaba su gélida máscara impenetrable. Durante sus años de vida en el castillo, había estudiado y memorizado los mapas de esas tierras. Había planeado matar al gobernador, pero necesitaba un plan de huida cuando lo hiciera; así que se dedicó durante mucho tiempo a memorizar los mapas de la zona para tomar el camino más adecuado llegado el momento.

Había calculado con exactitud llegar a aquella planicie a una hora en la que hubiera la suficiente luminosidad para tender una trampa y abatir a sus perseguidores desde un montículo de rocas cercano. En caso de que hubieran sido varios perseguidores, existía un pequeño grupo de árboles a unos pocos pasos de las rocas, lo que le hubiera permitido abatir a uno o dos de ellos y después tenderles una emboscada dentro del bosque.
Ocurrió que solo había un perseguidor, o eso creía hasta que desde el montículo de rocas vio como un invitado inesperado observaba al guardia del castillo, dirigiéndose inexorablemente a la trampa que ella había tendido. No tardó en reconocer el emblema de su reino, así que se trataba de un aliado, aunque él, probablemente, no supiera que estaban en el mismo bando…

Tenían una oportunidad de huir sin tener que matar al enemigo, así que se deslizó entre la maleza y puso la daga en el cuello de su aliado… sí… estaba segura de que era el hermano de Mahtan… tenían los mismos rasgos.
– Detente Vardamir, esta guerra se ha cobrado demasiadas víctimas…- Notó la sorpresa que había causado en él, y pensó en relajar la presión de la daga, mientras le convencía de huir. Cuando se disponía a hacerlo, los nervios hicieron que el arco se le disparara, advirtiendo al enemigo de su ubicación, y evaporando toda posibilidad de huir sin luchar…
El soldado se dirigía a ellos a una velocidad vertiginosa, el mensajero reaccionó, desenfundando su espada y preparándose para el asalto. Fue entonces cuando miró la cara de la mujer, y la reconoció al instante; nunca en su vida la había visto, pero supo que era la persona que Mahtan había buscado durante tanto tiempo…
Le entregó el arco, mientras soltaba el broche del carcaj, y le pidió que se dirigiera al bosque. En caso de resultar derrotado, ella podría deshacerse del enemigo desde allí con una flecha certera, o podía despistarlo y huir en la dirección adecuada. La mujer obedeció sin decir nada, no dominaba el arte del combate cuerpo a cuerpo, y tan solo contaba con una pequeña daga… Sin embargo, sí que había practicado algo de tiro con arco.
Estaba a mitad de camino cuando el enemigo cargó. El hermano de Mahtan consiguió detener la estocada, pero una certera patada lo derribó. Se levantó con presteza, deteniendo otro envite dirigido a su cabeza. Había conseguido equilibrar el combate, perdida la ventaja de la carga, la lucha sería ahora un baile de golpes, esquivas y bloqueos, en el que el primero en dar un paso en falso sería derrotado; mientras tanto, la Princesa de Ojos Esmeralda trepaba a un árbol y preparaba su arco, rezando por no tener que utilizarlo.
El soldado era sin duda mejor espadachín, pero se notaba cansado por la larga caminata; sin embargo su contrincante estaba más acostumbrado a la situación, llevaba una espada más ligera y era más ágil, lo que le dejaba pocas posibilidades de victoria. Además, también sabía que la mujer estaba en algún lugar del bosque dispuesta a abatirle con el arco… Poco a poco su moral se iba resintiendo, hasta que cometió un error y recibió un corte en el brazo derecho, que hizo que su arma cayera al suelo. Intentó agacharse a recogerla, pero se encontró con el acero del contrincante apuntando directamente a su cuello. Había sido derrotado.
– Suelta todas tus armas y huye de aquí si no quieres morir.- El enemigo soltó una pequeña daga a sus pies y levantó las manos, indicando que era todo lo que tenía. El mensajero le dio una patada para que empezase a correr en la dirección por la que había llegado. Todo había terminado, por fin.
Miró al bosque y vio cómo la mujer mostraba una cara de alivio, para después volver a ponerse su máscara de hielo.
El soldado derrotado había recorrido unos trescientos metros cuando 6 proyectiles salieron de un arbusto cercano. Todos impactaron en su objetivo, matando al traidor. Para los enemigos, huir de un combate estaba penado con la muerte…
Todavía no estaban a salvo, el enemigo acechaba…

Amigos

Se despertó concienciado de que sería un día muy duro, aunque le sorprendió no oír el habitual jaleo de la aldea los días en que se repartía la carne de la cacería…

Fue a la cocina, tomó un trozo de pan de maíz y se dispuso a descubrir qué estaba pasando…

No había terminado de abrir del todo la puerta cuando un: ¡Gracias Mahtan! ensordecedor resonó por toda la aldea. La música empezó a sonar, la gente bailaba y le felicitaba.

Por primera vez en mucho tiempo volvió a sentir lo que era un momento de felicidad. Toda la gente reía y cantaba y, aunque la celebración fue algo austera debido a las dura situación, el ambiente era fantástico.

Su corazón volvió a brillar como siempre, volvió a sentir las ganas de ayudar a aquella gente, de cumplir su trabajo, de ser su Lobo. Todos recordaron la profunda amistad que les unía, aunque a veces la pena se empeñase en ocultarla.

-Un amigo es el que te ayuda a encontrar la llave de tu alegría cuando tú te olvidas de dónde la dejaste…- Mahtan se sintió tremendamente dichoso de poder considerar a esa gente sus amigos, sus hermanos.

Estaba dispuesto a seguir con su camino, lleno de ilusión.

Al parecer, tenía buenos amigos…

*Gracias Tuerto :)*

Mahtan Vardamir

No acamparon esa noche, estaban cerca de la aldea y se habían quedado sin madera seca para hacer fuego, algo indispensable para ahuyentar a los hambrientos y peligrosos lobos. No podían recogerla del suelo, pues a lo largo de la tarde había caído una ligera llovizna.

-Estas pequeñas nubes no son nada comparadas con las que se están formando al sur, ¿eh?.

Debían hacer un último esfuerzo y sacar fuerzas de la flaqueza pensando que, al menos, antes de que terminara la noche estarían durmiendo con sus mujeres… Mahtan, sin embargo, no podía pensar así…

“Volver a casa”.

Se enfrentaba, una vez más, a esa extraña sensación; la sensación de quien tiene corazón y cuerpo divididos.

Esa aldea era su hogar, el hogar de su familia, el hogar de sus vecinos… y éstos le necesitaban, necesitaban sus discursos alentadores, su optimismo en la adversidad… sus  habilidades para llevar algo de caza de lugares a los que nadie se atrevía a ir en esos tiempos de guerra… la gente necesitaba a su Lobo. Él sabía lo que su pobre madre sufría, sabía que no se merecía eso, que ella siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a ayudarles con cualquier cosa que pudiera hacer, y nunca le importó hacer sacrificios… ¿Por qué debía seguir sufriendo? Sí… su madre también le necesitaba, debía devolverle como pudiera todo el bien que le había hecho durante toda su existencia.

Por otro lado, esa misma aldea era su prisión espiritual, unos gruesos y fríos barrotes que le impedían dirigirse a su aventura más importante y complicada: encontrar a su Princesa Esmeralda. Ella era quien alimentaba su optimismo, quien le daba fuerzas para continuar, para darle la vuelta a esa horrible situación, para hacer lo posible por acabar con esa maldita guerra… Sabía que el fin de la guerra era la única posibilidad de encontrarla…

Esa era la historia de Mahtan Vardamir, la historia de un hombre que aplazaba sus sueños por cumplir con sus obligaciones, la historia de un hombre cuya casa era una caja cerrada, un espacio donde no cabían sus alas, y sin embargo, cuando salía de ella debía regresar cuanto antes.

Casi nunca tenía tiempo para él. Tan solo durante las largas caminatas, o las guardias nocturnas, donde su mente surcaba los cielos buscándola entre las estrellas. Miraba la Luna buscando la clave para acabar con tanto sufrimiento, pero todavía no la encontraba. Debía resignarse y esperar…

El olor de la sopa de cebolla le sacó de sus pensamientos, habían llegado a la aldea. Abrió la puerta de casa con cuidado, para no despertar a su madre, aunque ella no estaba en casa. La encontró en el granero, mirando la Luna, como cada noche; se despidió de ella y fue a su cama.

Al cerrar la puerta se imaginó cerrando aquella caja, donde no cabían sus alas…

En medio de la tormenta

Caminaban penosamente, un día más, tratando de alcanzar por fin el puesto fronterizo, un refugio entre las montañas que servía para vigilar el paso entre los dos reinos. El emplazamiento era secreto, pero el príncipe conocía su ubicación; después de todo era el hijo del general.

El día amaneció triste, y la situación no invitaba al optimismo, 4 días de camino tomando las máximas precauciones, en medio de territorio enemigo y sin prácticamente descansar habían dejado su moral por los suelos.

Cada uno tenía su motivo para continuar, el que hacía que la mente no desfalleciera, aunque el cuerpo estuviera completamente exhausto y dolorido . La rabia, la ira y la sed de venganza eran la de dos de los compañeros, mientras que el otro luchaba por volver a ver a su familia; y al parecer todas eran igual de efectivas…

Una ligera lluvia empezó a caer, mientras las oscuras nubes, que presagiaban una gran tormenta, se arremolinaban justo en la dirección a la que se dirigían.

-Al menos no tendremos que tapar nuestras huellas.- Ninguno de los otros dos respondió.

Se acercaban a una gran llanura que precedía la montaña donde se encontraba el puesto, debían tomar una decisión: cruzar la llanura aprovechando la noche o buscar un refugio y tener que cruzarla de día.

Ambas posibilidades presentaban un serio riesgo; si decidían cruzar en ese momento podían verse sorprendidos por la tormenta, en medio de una llanura sin apenas cobertura y sin la guía de las estrellas. Por otro lado, quedarse donde estaban implicaba pasar una noche más en aquella tierra, teniendo que buscar refugio y arriesgarse a cruzar la llanura durante el día…

– Señor, ha de tomar una decisión.

– Confío en ti, Vardamir, ¿qué recomiendas?

– Mi señor, soy incapaz de decidir cuál es la mejor opción, pero creo que si partimos ahora, podemos llegar al paso antes de que amanezca, y no he visto ningún refugio cerca… – El corazón le decía que siguieran adelante, pero no podía explicárselo así a su comandante. Además, tenía la certeza de que les seguían…

– Estoy de acuerdo con él. – Era la primera vez que el primo del príncipe decía algo a su favor. En las últimas horas, a consecuencia del cansancio, había perdido la arrogancia. Al parecer, los tres compañeros se estaban empezando a ver como personas que perseguían distintos sueños, pero todos igual de importantes.

Reanudaron su marcha, con los ojos puestos en el camino, y la mente perdida, muy lejos de allí. Cada vez llovía más…

Calculaba que ya habían recorrido la mitad del camino, y para entonces la lluvia se había convertido en un manto que les impedía ver y oír. Ahora estaba mucho más seguro de que estaban en peligro…


Ya estaban al límite de sus fuerzas, y comenzaban a estar al límite de la cordura. Divisaron una extraña luz a unos metros de distancia, el primo del rey corrió hacia ella, gritando algo ininteligible.


-¡No! – El príncipe le tapó la boca.

-Ha perdido la cabeza, no nos delates.

Era una trampa, en cuanto llegó al foco de luz tres flechas impactaron en su cuerpo, un oportuno relámpago iluminó el momento en el que caía inerte al suelo.

Tenían poco tiempo… y tenían que pensar algo. El enemigo les había encontrado, todavía les quedaba un largo trecho hasta el paso, la única referencia que tenían era aquella maldita luz, y, para colmo, el enemigo sabía con cierta precisión dónde estaban.

Estaban condenados, solo podían resignarse a esperar a que les alcanzaran, y que, al menos, les dieran un combate digno… No… eso no sucedería, iban a morir ahí, en aquella yerma llanura, bajo aquel aguacero, lejos de su hogar, lejos de su familia… lejos de ella. Ya no volvería a besarla nunca más. No volvería a tenerla entre sus brazos.

Miró al príncipe, su cara era el impávido reflejo de quien sabe que va a morir y no puede hacer nada para evitarlo. Habían llegado a la misma conclusión. Se preguntaron qué habría pasado si no se hubieran adentrado en la llanura… pero ya nada importaba…

Su instinto le avisó una vez más… ¡No puede ser! ¡Estaba delirando! Decidió arriesgarse, ¿qué podía perder?

Metió los dedos en su boca y los hizo sonar como había hecho tantas veces… Nada ocurrió.

-¡Maldita sea! Estaba seguro de que lo había oído… – La pena volvió a invadirle… pero volvió a oír ese sonido… y volvió a silbar. Un segundo después, un majestuoso caballo se alzaba ante ellos… No podía creer su suerte… pero… ¿dónde estaba su hijo?

Sin pensarlo, levantó al príncipe y ambos subieron al caballo, alejándose rápidamente de la luz. Le pareció ver cómo una flecha pasaba cerca de ellos, y después sintió un profundo dolor en una pierna… Le habían alcanzado, pero ya no importaba. Era un rayo más en aquella tormenta que se dirigía a su objetivo.

Al parecer, siempre se puede salir de una tormenta si se tiene la perseverancia de silbar varias veces…

Vardamir

Volvía de verse con un espía, cerca del castillo del gobernador enemigo. Llevaba un mensaje sellado con el informe de la última semana. Quedaban pocas horas de oscuridad, un manto negro que cubría sus movimientos.

Una vez más se enorgulleció de su caballo, rápido, ágil y silencioso. Podía recorrer muchísima más distancia que si fuera a pie, y sin hacer el mínimo ruido.

De repente, algo llamó poderosamente su atención, dos rastros de pisadas se dibujaban en dirección contraria a la orientación del castillo. Uno de los rastros era claramente identificable, un soldado de la guardia, había visto cientos de veces las huellas de esas botas… pero el otro… el otro no tenía nada que ver con ninguna suela que hubiera visto antes.

El del soldado parecía más reciente, por muy poco, que el de las extrañas huellas, y ambos no tenían más de unas pocas horas; la presunta persecución había empezado esa misma noche.

Se encontraba en una encrucijada, debía entregar el informe, pero también tenía el presentimiento que esos rastros le llevarían a algo verdaderamente importante, después de todo… los enemigos de tus enemigos pueden fácilmente ser tus amigos.

Se dijo que la misión era importante, pero cambiar el devenir de la guerra podía serlo mucho más. Escondió el mensaje en un compartimento bajo la silla del caballo y lo azuzó en la dirección del campamento.  Ya había hecho eso otras veces, por ejemplo cuando su compañero fue herido por una flecha enemiga; no podía permitir que el arquero regresara e informara de la posibles rutas que seguían, pues se verían sometidos a cientos de emboscadas y, sin comunicaciones, la guerra corría un grave peligro. Lanzó su caballo con el mensaje en la dirección correcta y comenzó a perseguir al arquero por la montaña. Le alcanzó casi al amanecer, mientras intentaba tenderle una trampa tras unas rocas. Se acercó con sigilo y profirió un profundo corte silencioso en el cuello de la víctima. Todo lo que se oyó fue un ligero gorgoteo, un vano intento de llenar de aire por última vez los pulmones, pero la garganta ya estaba inundada de sangre. Con un sonido sordo, el alma del desafortunado enemigo abandonó para siempre el mundo de los vivos.

Cuando volvió al lugar del ataque, no pudo hacer nada por su compañero; recogió sus pertenencias y volvió al campamento montado en su caballo. La vuelta fue larga y triste, dos muertos en un día eran demasiado incluso para alguien que estaba acostumbrado a portar malas noticias.

Tras ese recuerdo, volvió a centrar toda su atención en el rastreo. No tenía prisa, así que seguía el rastro a cierta distancia procurando tapar sus huellas. La persona que creaba el rastro desconocido parecía dirigirse al norte, aunque de vez en cuando se despistaba. A veces el rastro se paraba junto a un árbol, e inmediatamente se dirigía al norte.

-Debe guiarse por el musgo de los árboles, parece no conocer bien las estrellas.

Las pisadas evidenciaban cada vez más el cansancio, al parecer el extraño personaje intuyó que le seguían, lo cual parecía haber hecho necesario un sobreesfuerzo que empezaba a pagar.

Estaba prácticamente amaneciendo cuando divisó la silueta del guardia completamente desorientado en un claro de bosque, el primer rastro terminaba ahí. El desconocido había engañado a su perseguidor, haciéndole creer que se estaba cansando para tenderle una trampa en un lugar despejado con luminosidad suficiente como para abatirlo a cierta distancia.

El corazón del mensajero se entristeció mientras armaba con presteza su arco. Debía llevarse aquella vida, algo que siempre le resultaba desagradable. Siempre que mataba a una persona rezaba a los dioses suplicando el perdón y la piedad con el alma de la misma.

No tenía elección, debía ser rápido, el soldado pronto se daría cuenta de que había caído en una trampa… apuntó a la cabeza…

– Detente, Vardamir, esta guerra se ha tomado demasiadas víctimas.- Notó el frío acero de una daga que amenazaba su cuello. El miedo paralizó sus músculos y su garganta, incapaz de pronunciar sonido alguno ni de hacer ningún gesto. Esa extraña mujer había pronunciado su apellido…

Paseos… reflexiones

No tardó en encontrar el oscuro contorno acompañando a las estrellas. Un ciclo más… esa maldita guerra le estaba destrozando por dentro.

Paseaba como cada noche por un terreno donde antaño pastaban los animales que servían de alimento durante el invierno. Ese campo yermo, seco y triste era un reflejo exacto de su vida. Elevó su vista al cielo, buscando esta vez el consejo de sus antepasados. Los tenía constantemente presentes, preguntándose dónde estarían, pero segura de que velaban por ella… aunque no lo pareciera.

No tenía noticia alguna de su marido desde hacía varios meses. -Al menos no hay ninguna mala.- Pensó.

La partida de caza tenía prevista su llegada al día siguiente. El olor de la sopa de cebolla inundaba la casa y los alrededores. La noche no era demasiado fría, pero aún así había hogueras encendidas para asustar a los peligrosos lobos, que últimamente se acercaban demasiado a la aldea.

Todo el mundo estaba triste, habían perdido las ganas de vivir. Los niños ya no jugaban por miedo a sufrir un ataque de lobos, los adultos ya no conversaban; estaban cansados de hablar de las desgracias de la guerra. La gente ya no sonreía. La incertidumbre y la desdicha de apoderaba poco a poco de aquellos aldeanos…


Se imaginó una vez más acurrucada sobre su pecho, acariciando sus brazos y mirando la Luna juntos, como siempre hacían todas las noches; era su pequeña morada espiritual. Un lugar en su alma que alimentaba la llama que le hacía seguir viva.


Dio la vuelta, era tarde y el día siguiente sería duro. Había que repartir las raciones de venado entre las gentes de la aldea, y probablemente hubieran de remendar los maltrechos ropajes de los Lobos, para que salieran de caza lo más pronto posible, una vez más.


Siempre había tenido una vida dedicada a los demás, a hacerles la vida un poco más fácil. Sus padres murieron siendo ella muy joven, y pensó que nadie se merecía tanto sufrimiento, así que buscó un erudito que le enseñase técnicas de curación durante unos años y volvió a la aldea.


Ahora no había medicina que pudiera curar su tristeza, lejos del hombre al que amaba, sufría por sus hijos: el pequeño era mensajero en la corte del rey, con lo que estaba constantemente transportando mensajes del frente a los campamentos, en ocasiones cruzando territorio enemigo. El otro, Mahtan, llevaba el sufrimiento por dentro. Siempre decía que los buenos tiempos volverían… e intentaba animar a todo el mundo con su discurso optimista. Pero ella sabía que, a veces, las personas más alegres en la adversidad son las que necesitan con más urgencia un abrazo. Mahtan siempre había hablado de sus sueños, siempre hablaba de ella, siempre la tenía presente: La Princesa de Ojos Esmeralda. Volver a encontrarla sería el reto más importante y difícil de su vida.


Mientras tanto, en el transcurrir del tiempo solo podían huir…

Decisiones… consecuencias

Una mano se posó en el picaporte, al otro lado de la puerta. Inmediatamente pudo ver en el espejo como éste se movía… Consiguió esconder la daga en su bota derecha justo antes de que la sirvienta entrase.

– Debe darse prisa, señora, el gobernador no es famoso por su paciencia y los invitados están a punto de llegar.
– S… sí, ya no me queda nada. – Su voz temblaba, no podía creerse que su largo plan hubiera estado a punto de irse al traste tan de repente.
– Con todos mis respetos, creo que esas botas tan altas no le hacen justicia, no son apropiadas para una princesa…
– Me gustan estas botas, tienen un significado especial para mí.
Claro que lo tenían, eran las botas que llevaba puestas su madre cuando una partida de mercenarios, pagados por el hombre con el que estaba a punto de encontrarse, asesinaron a sangre fría a toda su familia. Ella no se encontraba en casa en aquel momento, había ido a jugar con su amigo de la infancia, el nieto del Gran Capitán, el Viejo. A la mayoría de las niñas de su edad no les interesaban las técnicas de caza de los Lobos; pero ella siempre le preguntaba a Mahtan qué había aprendido ese día de su abuelo y de su padre. Gracias a esos conocimientos consiguió volver a casa pasando inadvertida para los mercenarios.
Su familia guardaba celosamente una antigua pieza de joyería que muchos gobernadores avaros codiciaron durante años. Siempre se resistieron a venderla, hasta que ese día se la quitaron por la fuerza.
Junto al cadáver ensangrentado de su madre juró que se vengaría de ese hombre…
Años después, por fin se encontraba a punto de cumplir su deseo, había conseguido hacerse pasar por una doncella del castillo, esperando pacientemente hasta que el gobernador se fijara en ella. En cuanto la vio, exigió una noche con tan hermosa muchacha de pelo negro.
De repente volvió a perderse en aquel recuerdo, el deseo de ser una princesa feliz. De nuevo volvió en sí con esa sonrisa en la cara… -¡Debo vengar a mi familia! 
La decisión ya estaba tomada. Salió por la puerta, dirigiéndose hacia el salón de ceremonias con su máscara de hielo puesta. El momento que llevaba tanto tiempo esperando estaba a punto de llegar…
Y sin embargo… huyó…

Luz de luna

¡Por fin volvían! Sabía que estaba en las mejores manos, pero todo padre siempre se preocupa por sus hijos. A pesar de no dudar ni un instante del Gran Capitán de los Lobos, sintió alivio al ver el estandarte de la partida de caza ondeando al viento, a lo lejos.

– El Viejo siempre se las apaña para venir a la hora de cenar, ¿eh? ¡Mira qué contento viene el niño!

La voz venía de la cocina, acompañada del familiar olor de la sopa de cebolla. Se giró y miró a su mujer, embarazada por segunda vez, como si fuera el primer día. Un momento mágico bajo la luz de aquella luminosa Luna de verano, hacía tantos años.

– Las cosas buenas nunca cambian. – Dijo mientras se acercaba y la besaba con ternura en la frente.


 Se sintió el hombre más afortunado del mundo: era un orgulloso Lobo de la aldea, su padre era el mismísimo Gran Capitán, al que todos llamaban Viejo cariñosamente; seguía enamorado hasta el tuétano de los huesos de su esposa, con la que cada noche paseaba a la luz de la Luna. Habían sido bendecidos con un hijo, y ahora esperaban otro antes de que acabara el invierno. Nada podía fallar… la vida era maravillosa.

Los Lobos habían llegado, los cocineros se apresuraban a recoger la caza, había que darse prisa, la fiesta era al día siguiente y todavía debían preparar la carne.

Todos los años en la aldea se hacía una fiesta para despedir el otoño. Acababa la última temporada de caza del año; ya que en invierno se hacía peligroso salir lejos, pues los lobos eran muy peligrosos. Nadie dudaba del valor y la capacidad de las partidas, pero era un riesgo que no hacía falta asumir, ya que podían alimentarse de la ganadería.

Cenaron a la luz de las estrellas, la sopa y la carne sabían especialmente bien aquella noche; no se podía ser más feliz, nada podía arrancarle esa dicha… Era correspondido por la mujer a la que siempre había amado, era su cómplice, su amiga y su amante… era una parte de él mismo. Tenía éxito profesional, estaba llamado a ser el heredero del Viejo como capitán de los Lobos, y también era querido y respetado por toda la aldea… y por el lugarteniente del rey, que pronto, quizás, fuera su propio padre.

De repente, notó algo raro en el ambiente… no habría sabido explicarlo nunca, pero un Lobo sabe cuándo algo no va bien…

Reaccionó demasiado tarde… demasiado tarde para salvarla, aunque no demasiado tarde para ver el último aliento de vida de aquella mujer, pronunciando su nombre, mientras la punta ensangrentada de una flecha traspasaba su cabeza.

Sintió cómo la misma flecha traspasaba su corazón, sin tocarlo, consumiendo su alma… debía reaccionar, debía salvar a su primogénito. Rápidamente, a la vez que intentaba recordar dónde estaba su arco, saltó con el fin de tirar al niño al suelo. “Debo salvarlo”. “Mi princesa…”. “¿Dónde está mi arco?”. Su cerebro no paraba de confundirle… “¡Padre!”. “¡Mi hijo!”. “¿Quién?”. “¿Por qué?”.

Cayó al suelo, cubriendo con su cuerpo a su pequeño hijo. Una mano lo agarró por detrás y empezó a zarandearlo, gritando palabras que no era capaz de entender al principio, pero que iban siendo más claras cada vez…

– ¡Despierta de una vez, viejo, es tu turno de guardia!

Tardó unos instantes en reconocer ese rostro a contraluz, y un poco más en entender qué había pasado y dónde estaba. Cuando lo hizo, no pudo sentir otra cosa que no fuera un grandísimo alivio. ¡Todo había sido una pesadilla! Recordaba perfectamente el día del sueño; tras la tranquila cena, habían acostado al niño y se habían ido a pasear como acostumbraban bajo la tenue luz de la Luna creciente.

– ¡Vamos, mueve el culo y quita esa sonrisa de estúpido de tu cara!

El alivio duró poco, estaba en grandes problemas. Formaba parte de una partida de expedición en tierras enemigas, en la guerra del sur. Mientras estaban fuera, el campamento base había sido arrasado por el enemigo, y solo pudieron verlo de lejos por temor a acercarse y caer en una trampa. De eso hacía tres días, tres días sin apenas descanso en los que intentaban desesperadamente volver a casa, al reino.  El mismísimo príncipe estaba con él, y a ambos les acompañaba el sobrino del rey, que carecía de modales por completo. A pesar de cómo le trataba, debía reconocer que era valiente en el combate; más valía tenerle cerca en el campo de batalla… pero solo en el campo de batalla.

Llevaba un año de servicio militar, pues debía cumplirlo como miembro y capitán de los Lobos. Afortunadamente el Viejo consiguió convencer al rey de dejar una pequeña cantidad de Lobos en la aldea, para garantizar que no hubiera problemas de comida… teóricamente. Su hijo fue afortunado, pero él partió a la guerra.

Su agotamiento solo era comparable a las ganas que tenía de volver a casa, de ver a sus hijos… pero sobre todo, de volver a estrecharla entre sus brazos. Todas las noches se quedaba mirando la Luna, como así hacía ella, bañado por su luz y recordando todos y cada uno de los hermosos momentos que habían vivido juntos. Todas las noches también se maldecía, pues acababa derrotado por el cansancio, y muy pocas veces llegaba a ver la Luna durante toda la noche. Era su momento de paz, de evasión de aquella cruda realidad, su momento de soñar que algún día volvería a besarla, como así había querido que fuese siempre.

Aquella noche se había quedado dormido como tantas otras noches bajo la luz del astro. Era su turno de guardia, tenía que hacer el último esfuerzo por llegar sano y salvo…

Después de todo, seguía casado con aquella mujer… casado con la Luna.

Lobos

Volvía de la mano de su abuelo, que transportaba al hombro la mayor pieza que jamás hubiera visto, como si no pesara. A pesar de contar con muchos años y arrugas en la cara, todavía era un hombre fuerte; era el capitán de la partida de caza de la aldea, Los Lobos, y, además, consejero del lugarteniente del rey en la zona.
La caza había sido dura, dos días antes partieron cuando todavía era de noche; una noche de otoño sin luna. Los Lobos, expertos conocedores del terreno, no necesitaban la luz del astro para guiarse por su tierra… pero él todavía era un niño, y, a pesar de conocer el terreno tan bien como ellos, los nervios le hacían dudar de sí mismo y le costó un tiempo acostumbrarse a la marcha presurosa y silenciosa del grupo.
En los ratos de descanso le gustaba observar el arco de su abuelo, el mejor arco de la zona. Una pieza de artesanía sin igual cuyo dueño utilizaba a la perfección; una armonía sin defectos que se había cobrado cientos de piezas. Se dijo que algún día él sería el capitán de los cazadores, y que aprendería junto a su abuelo.
Había admirado a ese hombre desde que tenía uso de razón, era la persona más cariñosa y justa que había conocido (a pesar de su corta edad) y dudaba que alguna vez conociera a alguien así… Sí… definitivamente, su abuelo era su ejemplo a seguir.
Ya se podía oler el aroma de la sopa de cebolla de su madre, un entrante delicioso para acompañar su plato favorito, cuyo ingrediente principal traía el Capitán al hombro.
– ¿En qué estabas pensando? ¡Tu familia se muere de hambre y tú no eres capaz de matar un maldito venado viejo! – Se había vuelto a quedar ensimismado en sus pensamientos. Los recuerdos de una época próspera, de cuando creía que su vida iba a ser hermosa… De un tiempo pasado.
La realidad no era así, el último año había sido duro, muy duro. La guerra del sur había despojado de la mayoría de sus pertenencias a todos los miembros de su pequeña aldea. Alimentar a las tropas era costoso, y, a la poca caza que quedaba, había que sumar el hambre que mostraban los lobos de la zona, especialmente peligrosos. Él también era un Lobo, pero ya no quedaba ni rastro de aquel orgulloso grupo. Tan solo un arco, magullado y astillado por el uso; un vago recuerdo del Gran Capitán de los Lobos, su abuelo.
Era la última oportunidad, ese viejo venado devorado por aquel lobo era el último objetivo. Llevaban 4 días de caza y los pobres métodos de conservación con los que contaban no harían que la carne aguantara más tiempo. Debían volver… La lluvia mojaba sus tristes rostros… perdidos en aquel extraño lugar…
El botín era escaso, muy escaso, pero al menos daría para unos pocos días antes de volver a entrar furtivamente en la tierra de los Elfos, en el Valle de los Árboles Dorados; del que solo quedaba el nombre, pues ahora tenían un color cobrizo.
Él no lo sabía… pero pronto todo iba a cambiar… solo tendría que ser valiente y tomar la decisión adecuada….